La suela del zapato le dio, una y otra vez, directo en la cara a Pamela. Una humillación en toda regla.
Y ella… ni siquiera se atrevía a moverse.
—Tu permanencia aquí depende de mí —Kiara retiró el pie como si nada—. Si no te sabes comportar, vas a terminar igual que Lucía: fuera de la casa.
Kiara la agarró y, como si estuviera tirando basura, la aventó al pasillo.
Luego la puerta se cerró de golpe.
Pamela se quedó ahí, temblando de coraje. Le ardía la cara y la vergüenza le quemaba por dentro.
Estaba furiosa, pero solo pudo morderse los labios con todas sus fuerzas y tragarse la rabia.
Ni de chiste se atrevía a armar un escándalo. Lo único que pudo hacer fue regresar a su cuarto, hecha un desastre.
Azotó la puerta.
Se miró en el espejo: la cara roja e hinchada, el pelo hecho un caos, los ojos enrojecidos… patética.
El coraje la rebasó. Gritó y agarró lo que encontró para estrellarlo contra el piso.
Las cosas cayeron con un ruido agudo y desagradable.
Siguió gritando, desahogándose.
¿Por qué?
¿Con qué derecho esa pinche ranchera la trataba así?
Sus papás jamás la habían dejado pasar por una humillación así. ¿Cómo se atrevía esa…?
En ese momento tocaron la puerta.
El llanto y los gritos se le cortaron en seco. El corazón le dio un brinco.
Clavó la mirada en la puerta cerrada.
¿Sería… su mamá?
¿Al fin se acordó de venir a calmarla?
Pamela apretó los dedos. En el fondo se le encendió una esperanza.
Quería aventarse a los brazos de su mamá, abrazarla y soltar todo lo que traía atorado.
Tal vez en ese momento sí necesitaba a alguien.
Dudó un instante, pero al final abrió.
Lucía traía un botiquín chiquito. Miró rápido hacia ambos lados, entró de volada y cerró por dentro.
Cuando vio la hinchazón en la cara de Pamela, las marcas de lágrimas y el desastre del cuarto, se le hizo un nudo en la cara de pura lástima.
—Ay, mi niña… ¿cómo te dejaron así? ¡Esa vieja de rancho está bien podrida!
Pamela miró el botiquín y luego la expresión de Lucía. Se le revolvió todo por dentro, entre tristeza y coraje.
—Lucía… tú… ¿cómo…?
¿No se suponía que su mamá la había mandado al jardín trasero y que ya no podía acercarse a la casa principal?
Lucía la jaló para que se sentara y se le notaba que le dolía verla así.
—Llevo años trabajando para la familia Ibarra. Todavía tengo un par de personas de confianza. La que limpia el segundo piso, Sara… la metí yo. Te vio salir del cuarto de esa chamaca, como si te hubieran golpeado, y vino a avisarme. Aproveché que el señor y la señora ya se fueron a descansar y me las ingenié para subir sin que me vieran.
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