¿Y ahora la cobradora de diseños se había vuelto otra persona?
Normalmente, si Kiara mencionaba “diseños”, Magdalena se le ponía peor que desesperada.
Y ahora salía con “mejor ni lo tocamos”.
¿La habían cambiado?
El Cártel de los Borradores: [Je, je… El mega-millonario ofreció nueve cifras y pidió que usted diseñe personalmente un vestido de noche. Pero… lo quiere rapidísimo: terminado en cinco días.]
¿Nueve cifras?
Sí estaba… ridículo.
Para ese tipo de gente, el dinero debía ser un número más.
Aun así, Kiara solo pudo pensar: “qué menso, y con un chingo de lana”.
Se quedó callada un momento.
Ahora mismo estaba esperando a que Legión Negra y Alfa cayeran en la trampa; eso requería paciencia.
Tiempo libre, sí tenía.
Y además…
Apenas había vuelto con la familia Ibarra y ya le estaban metiendo tarjetas negras en la mano como si nada.
De alguna forma, también tenía que corresponder.
Y necesitaba materiales caros para ayudar a que todos en la casa se recuperaran bien.
Tenía que entrar dinero.
Kiara: [Dile que por diez mil millones acepto.]
Magdalena se quedó helada y luego explotó de emoción: [¡¡¿Diez mil millones?!! ¡Eso, boss!]
[¡Boss, déjemelo a mí! ¡Voy a negociarlo ya! ¡Pero no se me eche para atrás!]
Que boss por fin se pusiera a trabajar y a cobrar… era de esas cosas que uno no cree ver en la vida.
Magdalena se desconectó en chinga, como si temiera que Kiara se arrepintiera.
Pero a los pocos minutos, volvió.
El Cártel de los Borradores: [Boss, aceptó los diez mil millones sin pensarlo. Pero mandó requisitos de diseño; quiere que lo haga según su idea.]
Kiara: [Mándalos.]
Le llegó un archivo.
La punta del lápiz trazaba líneas que ya se veían impresionantes.
Afuera, el día pasó de claro a dorado, y luego la noche se lo tragó.
Joaquín, por su parte, estaba emocionadísimo: por fin iba a vivir bajo el mismo techo que Kiara.
Ya había armado mil planes para aprovechar esa “cohabitación” y usar su cara como arma.
El plan lo tenía.
Incluso ensayó mil veces qué expresión poner y qué movimientos hacer cuando estuviera frente a ella.
Pero esperó y esperó…
y la puerta del cuarto de Kiara no se abrió.
Llegó la hora de cenar, Gloria preparó una mesa llena de comida y aun así la puerta seguía cerrada.
Joaquín fue hasta ahí y tocó con los nudillos, suave:
—Señorita Ibarra, ya está la cena.
***

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