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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 289

Kiara acababa de bajar del carro cuando un mayordomo de mediana edad, con uniforme y sonrisa amable, se acercó a recibirla.

—Señorita Ibarra, buenas tardes. Bienvenida. Soy el mayordomo de esta casa; puede decirme Jorge.

Kiara asintió.

—Jorge.

Jorge hizo una ligera inclinación, respetuosa sin caer en lo servil.

Se notaba muy profesional: mientras la guiaba al interior, le fue explicando con detalle los equipos de seguridad y los permisos de control.

Kiara lo captó rapidísimo. Deslizó los dedos por el panel un par de veces y entendió el sistema completo.

Cámaras con captura de movimiento sin puntos ciegos, alertas inteligentes, medidas antiintrusión de alta resistencia…

Tal como dijo Joaquín, estaba al nivel del Ministerio de Defensa.

Si la gente de Veridia quisiera meterse…

tendrían que pagar un precio alto solo para pasar la defensa.

Y con ese margen, a ella le alcanzaba de sobra para reaccionar y responder a tiempo.

Le gustó.

Con todo el sistema ya mapeado en la cabeza, Kiara se puso a observar la casa.

El interior era de tonos fríos, espacios amplios y muy buena vista.

Le quedaba.

Después de tanto tiempo en cuartos de base rosa y blanco, quedarse en un lugar así de sobrio se le antojaba bastante.

En eso, se oyó el motor de un auto afuera.

Joaquín había llegado.

Traía camisa negra; el pantalón le marcaba las piernas largas y rectas, bien plantado, con ese porte suyo.

Detrás venía una mujer de unos cuarenta y tantos, cara amable y cuerpo… fuerte, robusto.

—¿Y? ¿Te gusta la casa? —preguntó Joaquín al verla en el vestíbulo; sus ojos se le encendían con esa chispa que atrapaba.

—Está bien —asintió Kiara.

Joaquín se acercó y se paró frente a ella. Luego giró un poco la cabeza y señaló con la barbilla a la mujer.

—Ella es Gloria. Cocina muy bien. Dile qué se te antoja, del tipo de comida que quieras; lo hace.

Sonrió, despreocupado, con un toque provocador.

—Claro que sé. Por eso… vine a cuidarte.

Kiara lo miró.

—¿Tú? ¿De veras?

La sonrisa en los ojos de Joaquín se hizo más profunda. En esa cara elegante, casi fría, se le abrió una expresión descarada.

Alargó la voz, como si le hablara al oído:

—Pruébame. A ver si sí puedo.

Kiara lo vio en su modo “pavo real” y ni ganas le dio de contestarle.

Con las manos en las bolsas, se fue directo hacia las escaleras.

—¿Dónde voy a dormir?

—Hay muchos cuartos, cada uno con su estilo. El que tú quieras —respondió Joaquín riéndose detrás de ella—. O… mi recámara. Es la mejor ubicación, la vista está increíble y la cama es grande. No me molesta darte la mitad.

***

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