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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 270

Se fueron todos en bola.

Y lo único que quedó fue ese contrato de cien millones, como un golpe directo a la cara de Tristán.

Tristán vio cómo se alejaban, y sintió que el mundo le daba vueltas.

Se le nubló la vista.

Luego se fue de espaldas, tieso, y cayó.

Alcanzó a oír a alguien llamarlo… y se le apagó todo.

No supo cuánto tiempo pasó.

Despertó con un dolor de cabeza brutal.

Abrió los ojos y vio un techo conocido.

Estaba en su recámara.

Tenía la garganta ardiendo, seca y dolorosa.

—Agua… agua…

La voz le salió ronca, apenas un soplido, tan débil que ni él se escuchaba bien.

La habitación estaba vacía.

Nadie contestó.

¿Se había desmayado y aun así nadie se quedó a cuidarlo?

Tristán se enojó tanto que el pecho se le subía y bajaba con fuerza. La garganta le ardía y le picaba, y empezó a toser sin control.

Cada tos le jalaba la garganta como si le pasaran una navaja.

A duras penas se incorporó.

Apenas logró bajarse de la cama cuando le pegó un mareo tremendo.

Se tocó la frente: estaba hirviendo.

Tenía fiebre, clarito.

El coraje le subió de golpe y lo hizo toser peor.

—Todo es mi culpa. Por mí esta casa terminó así… Mejor… mejor me voy. Si me voy, a lo mejor Kiara se calma y entonces perdona a la familia Zúñiga… y hasta quiere volver.

—Cata, ¿qué tonterías dices? —Samuel la cortó al instante—. Eres demasiado buena, por eso te echas encima toda la culpa.

—¿Cómo va a ser tu culpa? Todo es culpa de Kiara, esa malagradecida. Desde hace rato se le notaba que no era de fiar, que era bien venenosa. Es un problema, una desgracia… traerla de vuelta solo iba a hundirnos más.

Samuel, con solo pensar que esa Kiara a la que siempre menospreció ahora podía ser la jefa de ese grupo…

sentía un coraje que no le cabía.

Sobre todo porque Kiara había dejado que esos juniors los obligaran a firmar ese contrato de esclavos.

Era como pisotear la cara de la familia Zúñiga.

Lo que Samuel menos quería admitir era que se equivocó con ella…

Apretó el puño con rabia.

—No le llega ni a los talones. Tú vales más que ella con un dedo.

Catalina, al oírlo, por dentro estaba feliz, pero siguió con el llanto, como si no pudiera parar.

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