Treinta millones de dólares exactos.
Ni un centavo menos.
Al ver la cifra en la pantalla, los labios de Kiara se curvaron lentamente en una sonrisa. Una sonrisa llena de codicia y absoluta satisfacción. La frialdad de hace unos momentos desapareció como por arte de magia.
—Con una muestra de sinceridad tan grande, ¿cómo podría negarme? —dijo alegremente, tomando la Credencial de Acceso Élite—. Descuide, haré un trabajo impecable como su consultora médica.
Al escucharla, el supervisor dejó salir el aire que no sabía que estaba conteniendo.
De inmediato, le entregó una carpeta con archivos encriptados.
—Señora Sanadora, estos son los datos suplementarios que logramos conseguir. No son los registros maestros, pero contienen información mucho más detallada que el primer informe. Puede basarse en esto para diseñar el protocolo de estabilización del Espécimen 07.
Kiara tomó la carpeta, hojeó un par de páginas sin mucho entusiasmo y la tiró a un lado. Actuaba como si lo único que realmente le importaba en el mundo fueran esos treinta millones, y como si el título de consultora y el acceso al perímetro de la bodega fueran solo un inconveniente necesario para cobrar el cheque.
Pero la realidad era muy distinta.
Desde el instante en que vio esa tarjeta, supo que el juego había cambiado a su favor.
La Credencial de Acceso Élite era su boleto de entrada dorado. Le daba una excusa perfecta para merodear por la zona de máxima seguridad y acercarse a la Bodega Sellada sin levantar sospechas. Ya no tendría que escabullirse por los ductos ni arriesgarse a un tiroteo con los guardias.
Los idiotas del barco le acababan de poner una alfombra roja hacia su objetivo.
Kiara bajó la mirada, acariciando suavemente el relieve del emblema de Corvus en la tarjeta. En el fondo de sus ojos destelló una frialdad absoluta, pero la enmascaró rápidamente con otra de sus sonrisas codiciosas.
Levantó la vista hacia el supervisor.
—Vámonos.
El hombre parpadeó, confundido.
—¿Ahora mismo?
Ella soltó una carcajada suave.


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