Un cazador soltó una carcajada burlona.
—Por favor, olvídalo. ¿Acaso ya olvidaron las reglas de la Ruta Cero?
La Ruta Cero no prohibía los asesinatos, pero sí penalizaba estrictamente dañar la mercancía o interrumpir las negociaciones. Podían matarse entre ellos, cazar a sus presas, pero no podían armar una masacre a lo loco. Además, muchas de las mujeres a bordo eran compradoras de alto perfil, doctoras valiosas o invitadas VIP del propio barco.
Un solo error, y en lugar de cobrar la recompensa, terminarían alimentando a los peces.
—¿Alguien logró comprarle información a los empleados del barco?
—Lo intenté, pero nadie sabe nada.
—O más bien, los que saben no se atreven a abrir la boca.
—Maldita sea —murmuró otro—. Para ser solo una mujer, sabe esconderse muy bien.
Mientras discutían, un hombre con una cicatriz cruzándole la mejilla entró apresurado. Venía de conseguir información y sus ojos brillaban de emoción.
—Muchachos, olvídense de Kiara Ibarra por un momento. ¿Alguien sabe por qué acaban de acordonar el área de tratamiento especial?
La pregunta captó la atención de todo el grupo al instante.
—¿Qué pasó? ¿Hay forma de sacar plata de esto?
El hombre de la cicatriz sonrió con malicia.
—Claro que sí, ¿por qué otra razón me molestaría en averiguar?
Al escuchar que había dinero de por medio, todos se enderezaron en sus asientos.
—¡Habla de una vez! ¿Qué escuchaste?
Disfrutando de ser el centro de atención, el hombre bajó la voz, dándose aires de misterio.
—Le solté unos billetes a un empleado de limpieza y me contó algo interesante. Al parecer, uno de los artículos especiales que iban a mostrar en Puerto Blanco tuvo un problema grave.
¿Un artículo especial?

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