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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 1225

—Y otra cosa... —el tono de Vanesa se volvió severo—. Te lo advierto desde ya, Esteban Ibarra.

»Tú estás acostumbrado a portarte como un troglodita en esa base militar tuya. Te pasas la vida entre balazos, y andas por ahí cargando un aura de asesino que da miedo.

»Pero cuando vayas a ver a tu hermanita, más te vale que te arregles. Al menos péinate y trata de verte presentable, como una persona decente.

»Cuando la veas, sonríe. No me vayas a poner esa cara de perro rabioso que tienes. Kiki es una niña muy asustadiza, dulce y delicada. ¡Si me llegas a espantar a mi niña, te juro que cuando regreses al país te arrancaré la piel a tiras!

Esteban no pudo evitar que las comisuras de sus labios se elevaran en una sonrisa resignada.

—Entendido, mamá.

—Te juro que iré presentable. Sonreiré hasta que me duelan las mejillas y te prometo que no asustaré a nuestra princesita.

—Más te vale —dijo Vanesa, finalmente satisfecha. Tras un par de recordatorios sobre que se cuidara y no pusiera el trabajo por encima de su salud, colgó.

Esteban miró la pantalla negra de su teléfono y se frotó las sienes.

Pero en su mente, la imagen de aquella chica volvió a colarse sin pedir permiso.

Dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza, riendo por lo bajo.

Al parecer, la impresión que le había dejado esa muchacha esta noche había sido demasiado profunda.

...

Mientras tanto, Jacinto Espinoza estaba a punto de reventar de la rabia.

Lo que había pasado en el aeropuerto frente a las delegaciones de todos los países lo había humillado de una forma brutal.

Especialmente frente a los equipos de Aquilinia y Oricalco.

Su plan inicial era usar su estatus en Hesperia y el inmenso poder de la familia Espinoza para comprar la lealtad de esos equipos extranjeros de primer nivel, y juntos pisotear a Solarenia, demostrando la superioridad de los anfitriones.

¿Y qué había conseguido?

Había intentado fanfarronear en el aeropuerto, solo para que el mismísimo director del Consorcio SK le diera una bofetada pública.

El maldito director había emitido una orden de restricción directa: «Se prohíbe la entrada a la familia Espinoza y a los perros» en todos sus establecimientos.

Y lo hizo en la cara de los representantes de casi todo el mundo.

Para esa noche, Jacinto había alquilado un hotel diferente para organizar su fiesta de bienvenida.

Pero la fastuosa recepción, diseñada para comprar favores, terminó siendo un chiste absoluto.

Ni Aquilinia ni Oricalco se molestaron en aparecer.

Incluso aquellos países que le habían dado su palabra inventaron excusas de último minuto para cancelar.

Jacinto esperó y esperó, y con cada minuto que pasaba, su rostro se ponía más pálido de la ira. Finalmente, reventó su copa de champán contra la pared.

No podía soportar semejante humillación.

Salió furioso del hotel y condujo su auto deportivo directamente hacia el Hotel SK.

En el trayecto, llamó a su padre, Eduardo Espinoza.

—Papá —dijo Jacinto, con la voz temblando de rabia contenida—. Quiero que me digas la verdad. Eso de que el equipo de Solarenia se iba a quedar en la Suite Presidencial del SK... ¿De verdad fue autorizado por los altos mandos del torneo?

Al otro lado de la línea, Eduardo, que ya lo había confirmado, le dio una respuesta afirmativa.

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