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¡Hasta Nunca, Bastardo del Amor! romance Capítulo 920

El señor Duarte, que hasta ese momento se había mostrado conciliador, cambió de expresión al oír las palabras de Rufo.

Lo miró con el ceño fruncido.

—Señor Azul, usted...

En ese instante, Elián entró por la puerta. Al ver al señor Duarte y a Eustolia visiblemente alterados, arqueó una ceja y preguntó con voz grave:

—¿Qué está pasando aquí?

Camila ya había llamado a seguridad.

Los guardias entraron en la habitación justo detrás de Elián.

—Señorita Camila, ¿quién está causando problemas?

Camila señaló al señor Duarte y a Eustolia.

—Estos dos señores están molestando gravemente a mi tío mientras descansa.

Los guardias, siguiendo las indicaciones de Camila, se acercaron al señor Duarte y a Eustolia y, con rostro serio, los escoltaron fuera de la habitación de Rufo y del hospital.

Eustolia y el señor Duarte nunca habían sido tratados de esa manera.

Mucha gente los observaba. Eustolia se sentía humillada.

—¡Todo es culpa tuya! ¡Insististe en venir a hablar con Rufo, y mira cómo nos trata la familia Azul!

El señor Duarte también estaba furioso.

La propuesta de Rufo de que Benigno se uniera a la familia Azul le había sentado como una patada.

—¡La culpa es tuya por no callarte! ¡Si no hubieras abierto la boca, podríamos haber llegado a un acuerdo pacífico! ¡Ahora, con la familia Azul no hay nada que hablar!

Eustolia se mordió el labio con fuerza, negándose a irse con las manos vacías.

—Vamos a buscar a Clarisa.

—No me creo que si nos mostramos humildes, Clarisa se niegue a casarse con nuestro Benigno. ¡Y cuando se case y entre en la familia Duarte, ya veremos qué tiene que decir Rufo!

Eustolia no tenía el número de Clarisa, así que le pidió a una señora de su círculo social que concertara una cita.

Cuando Clarisa llegó al lugar acordado, no se encontró con la señora que la había invitado, sino con el señor Duarte y Eustolia.

Al verlos, una sombra de sorpresa cruzó por sus ojos, pero rápidamente controló sus emociones.

El señor Duarte y Eustolia se levantaron al verla entrar y la saludaron.

—Clarisa, por aquí.

Eustolia la saludó con una amabilidad que no le era propia.

Clarisa, con una expresión serena, se acercó.

Conocía demasiado bien a Eustolia como para creer que su amabilidad era genuina.

El señor Duarte la invitó a sentarse.

—Clarisa, siéntate, hablemos.

Clarisa no se hizo de rogar y se sentó frente a ellos.

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