Las sinceras palabras de Benigno conmovieron a Clarisa, pero rápidamente recuperó la compostura, se levantó y se sentó en el sofá.
Benigno abrió el recipiente de comida y se lo ofreció.
Clarisa lo tomó, pero al instante sintió una oleada de náuseas.
Dejó el recipiente y corrió hacia el baño.
Benigno, desconcertado, la siguió de inmediato.
Clarisa tuvo varias arcadas en el baño. Como solo había tomado un vaso de leche por la mañana, no tenía nada que devolver.
Al verla tan pálida y agotada, Benigno dijo preocupado:
—Te llevo al hospital.
Clarisa negó con la mano.
—No es nada.
Benigno frunció el ceño, con una expresión muy seria.
—Si sigues así, vas a tener problemas de estómago.
—Pasará en unos meses —dijo Clarisa con los labios apretados.
Tras decir esto, volvió a sentarse en el sofá.
Benigno se quedó de pie, en silencio, durante un buen rato. Al verla forzándose a comer a pesar de su malestar, una sospecha comenzó a formarse en su mente.
Se acercó y se sentó frente a ella, tomando los cubiertos con una calma fingida.
Pero por dentro, la emoción era tan fuerte que la mano con la que sostenía los cubiertos temblaba.
Clarisa comió unos cuantos bocados, pero no pudo más y dejó los cubiertos.
Benigno se levantó de inmediato, le sirvió un vaso de agua y se lo entregó.
Clarisa, al ver la amabilidad del hombre frente a ella, le agradeció en voz baja.
—Gracias.
—No hay de qué, es lo que debo hacer —respondió él en un susurro.
Su voz temblaba ligeramente al hablar.
Clarisa, demasiado indispuesta, no notó nada extraño.
Después de beber un poco de agua, continuó comiendo, esta vez en pequeños bocados, masticando lentamente.
Benigno volvió a sentarse en el sofá, sin apartar la vista de ella, con una mirada que mezclaba curiosidad y preocupación.
—Si tienes el estómago delicado, por la noche deberías comer algo ligero. Después del trabajo, te llevaré a cenar.
—No hace falta —respondió Clarisa en voz baja.
—Por la noche casi no como nada.
—Seguro que algo ligero sí puedes comer —insistió Benigno—. A mí también me apetece algo así. Cuando salgamos, te llevo.
Clarisa no respondió más.
A la hora de la salida, Benigno la esperó en su oficina.
Cuando Clarisa fue a coger su bolso y su abrigo, Benigno se le adelantó y los tomó él.
—Vamos.
Le abrió la puerta para que saliera primero.
Clarisa notó su comportamiento extraño y frunció el ceño.
Benigno la siguió con sus cosas, y juntos subieron al ascensor.
La empresa de Clarisa aún no era muy grande, así que todos compartían los mismos ascensores.
Como era la hora de salida, el ascensor estaba lleno.

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