Lionel notó la seriedad en las palabras de Camila.
—Camila, ¿dónde estás? Creo que deberíamos hablar de esto cara a cara.
—Si es algo que se puede aclarar por teléfono, ¿qué cambiaría si lo hablamos en persona? —respondió ella con indiferencia—. Lionel, dejémoslo así. Estoy muy cansada.
Camila estaba a punto de colgar, pero Lionel insistió.
—Camila, ¿cuántos días llevas conociendo a Urbano?
—Te estás quedando en su casa. ¿Qué va a pensar de ti? Dame la dirección, iré a buscarte.
Lionel había cedido, ya no discutía con ella como antes.
—No es necesario.
Camila colgó directamente, sin darle su ubicación.
Sentado en el coche, Lionel miró el teléfono con rabia.
Tras un buen rato, logró calmarse y arrancó el coche de vuelta al hospital.
En el hospital, Faviola había llegado y armado un escándalo, culpando a Isidoro por todo.
Pensando en la humillación que había sufrido Camila, Faviola ni siquiera le dio a Isidoro la oportunidad de hablar. Lo agarró a golpes allí mismo en el pasillo.
Isidoro, sabiendo que tenía la culpa, no se defendió.
Solo cuando Faviola se cansó y se detuvo, él preguntó en voz baja:
—¿Y Camila?
Faviola lo fulminó con la mirada.
—¿Y todavía tienes el descaro de preguntar?
—¿No dijiste que te arrepentías de haberla tenido? Pues entonces, haz de cuenta que no tienes una hija llamada Camila.
Isidoro respiró hondo.
—Solo estaba enojado, por eso dije esas cosas.
Faviola soltó una risa sarcástica.

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