Clarisa, sentada a un lado del sofá, observó a Camila, que estaba a cierta distancia.
No sabía con quién estaba chateando, pero sus dedos no paraban de moverse sobre la pantalla del celular.
Parecía relajada y de muy buen humor.
De repente, una náusea invadió a Clarisa, y tuvo que inclinarse sobre la papelera para vomitar.
Últimamente, sus síntomas eran cada vez más intensos.
Al oírla, Camila frunció el ceño, le sirvió un vaso de agua y se lo dejó delante.
—Agua.
Solo dijo esa palabra y volvió a su asiento.
Cuando Lionel entró, vio a Clarisa bebiendo a sorbos el agua que Camila le había dado.
—Hermano, ¿ya volviste? —dijo Clarisa, dejando el vaso. El agua tibia la había calmado un poco. Al ver a Lionel, que la estaba mirando, lo saludó.
Lionel asintió y desvió la mirada hacia Camila. Ella seguía absorta en su celular; no le había dedicado ni una sola mirada desde que él había entrado.
El tío de Clarisa y Faviola llegaron justo después de Lionel.
Justo cuando Lionel iba a acercarse a Camila, Faviola se adelantó y se sentó a su lado.
Al ver que su madre intentaba espiar su celular, Camila lo ocultó con naturalidad y le sonrió.
—Mamá, ¿qué pasa?
Faviola negó con la cabeza. Sabía que Camila era muy celosa de su privacidad, así que sonrió con torpeza.
—Nada, solo quería saber si habías hablado con Urbano.
Al oír eso, la mirada de Lionel se clavó en Camila, llena de una furia contenida.
—No, tiene una misión y no tiene tiempo para hablar conmigo —negó Camila.

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