Por la noche, Faviola llamó a Camila, con la voz rebosante de alegría.
—¡Camila, me ha llamado la familia Salcedo! Dicen que Urbano está encantado contigo. Por lo que me dijo la señora Salcedo, parece que tienen intenciones serias de matrimonio.
—Mamá —dijo Camila, frotándose las sienes—. Acabo de conocer a Urbano hoy. Quiero tomarme un tiempo para conocerlo mejor, no quiero precipitarme.
La voz de Faviola se elevó al instante.
—¡Camila, no puedes ser tan tonta! Hombres tan excepcionales como Urbano no se encuentran todos los días.
»Si dejas pasar esta oportunidad, no encontrarás otra igual.
—Sí, lo sé —respondió Camila con indiferencia—. Aunque él sea maravilloso, yo también tengo derecho a elegir. Mamá, ¿podrías dejar de meterte en mis asuntos, por favor?
La insatisfacción de Faviola era evidente.
—¿Que no me meta? Si no me metiera, tú…
Faviola se detuvo a medio camino, sin querer tensar más la relación con Camila en ese momento.
—Olvídalo, piénsalo bien.
Al ver que Faviola cedía, Camila le agradeció en voz baja.
—Gracias, mamá. Lo pensaré seriamente.
Faviola solo suspiró y, después de un momento, añadió con suavidad:
—Camila, eres una buena chica. Siempre has sido obediente y muy inteligente. Sabes lo que debes y no debes hacer.
»Por favor, no cometas una locura.
»Las mujeres somos mucho más vulnerables que los hombres. Si ese hombre no te ama, si no te protege, ¿acaso quieres vivir una vida como la mía?
Camila guardó silencio durante un largo rato antes de responder.
—No.
Nunca había querido vivir una vida como la de Faviola.
Si ella y Lionel llegaran a estar juntos, ¿la protegería él?
Probablemente no.
Después de todo, su supuesta relación no era más que un acuerdo.

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