Camila notó el gesto de Clarisa, pero no se molestó. Simplemente se recostó en el asiento, cerró los ojos y descansó.
No fue sino hasta el momento de abordar cuando el personal la llamó, y recién ahí abrió los ojos.
Clarisa ya se había levantado y caminaba hacia la salida.
Camila se puso de pie y la siguió, tranquila y sin apuro.
Justo antes de entrar al avión, recibió una llamada de la señora Duarte.
—¿Camila? ¿Ya vas de salida?
Camila bajó la voz, esforzándose por sonar dulce y amable.
—Tía, ya estoy por abordar.
Del otro lado, la señora Duarte dejó ver algo de molestia en el tono.
—¿No te dije que me avisaras antes de subirte al avión? ¿Ya se te olvidó?
Camila se frotó el entrecejo y respondió suavecito:
—Tía, justo iba a escribirte.
La señora Duarte soltó un “ajá”, y quizá notando que se le fue la mano, agregó:
—Lo que pasa es que me preocupa no saber a qué hora llega el vuelo a la capital, quería preguntar para mandar a alguien a recogerte.
Camila sonrió un poco, le dijo un par de frases amables y colgó.
Clarisa ya estaba sentada en su lugar y, al verla terminar la llamada, tenía la expresión cansada.
El trato con la señora Duarte realmente agotaba a Camila.
Al final, ella y Benigno no sentían nada el uno por el otro. Así que aunque su suegra la hostigara, Benigno ni la defendía.
Y su mamá, ni lo pensaba.
En ese tiempo, Camila no dejaba de preguntarse si, al casarse con la familia Duarte, de verdad tendría una buena vida.
Y estaba segura de que no.
Entre ella y Benigno no había amor.
La señora Duarte quería controlarla todo el tiempo.

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