Elián se inclinaba ligeramente al hablar; siendo mucho más alto que Irmina, esa postura creaba una sensación extrañamente íntima, permitiéndole a ella sentir el cálido aliento del hombre cerca de su oído; se sentía como si su rostro ardiera de calor.
Para evitar que Elián notara su turbación, ella apresuró sus pasos hacia el salón. Él, notando su aceleración repentina, sonrió levemente.
Al ver a su madre y a Elián entrar uno detrás del otro, Andy corrió hacia él y lo abrazó por las piernas, bajando la voz para preguntarle en un susurro: "¿Mi mamá habló contigo? ¿Fue ella quien te invitó a entrar?".
Escuchando las preguntas del niño, Elián no pudo evitar sonreír suavemente, acariciando la cabeza pequeña mientras respondía: "No te preocupes tanto por los asuntos de los adultos, tranquilo, tu tío lo intentará con todas sus fuerzas".
Andy se tranquilizó un poco con esa respuesta, murmurando: "Pase lo que pase, no puedes rendirte".
Elián asintió: "Jamás me rendiré".
Con esa promesa, Andy recuperó su sonrisa. Al llegar la hora de la cena, Elián naturalmente se quedó a compartir la mesa.
Al día siguiente, temprano por la mañana, Irmina apenas se había levantado cuando recibió una llamada del hospital.

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