Lidia preguntó con voz ronca:
—¿Señora Gómez es por culpa de Emir que no tiene autoridad para tomar decisiones? —Se limitó a preguntar con timidez.
Después de todo, había demasiadas dudas en su corazón.
En un principio, Leonor no tenía intención de responder a las preguntas de aquella gente. Pero, al escuchar la pregunta de Lidia, la miró sorprendida. No obstante, no dijo mucho más y se dio la vuelta para abandonar el lugar.
Lidia se quedó al instante congelada en su sitio y su voluptuoso cuerpo temblaba sin cesar.
Leonor no pronunció palabra, pero su mirada lo dijo todo. Una respuesta sorprendente, casi increíble, estaba a punto de brotar del corazón de Lidia. Sus conjeturas eran correctas, la fórmula secreta de Belleza Hechizante había sido proporcionada por Emir.
En ese momento, la mente de Lidia se sumió al instante en el vacío.
«¿Podría ser…? ¿En verdad he juzgado mal a Emir?».
Al exterior del Palacio de la Cultura, cuando el asistente del gobernador vio salir a Carlos, saludó de manera respetuosa:
—¡Señor Yepes!
Carlos asintió, pero en lugar de subir a su auto, dijo:
—Tú sigue conduciendo y vete. Voy a cenar con unos amigos más tarde. Entonces tomaré un taxi yo solo.
—¡Muy bien! —El asistente no se atrevió a hacer demasiadas preguntas.
Dijera lo que dijera su jefe, tan solo tenía que seguirlo.
Cuando se disponía a marcharse, miró por la ventanilla del auto. Vio a Carlos caminando hacia dos personas, con una sonrisa radiante en la cara. Estaba claro que sus dos amigos habían llegado.
Uno de ellos era Rogelio, el responsable de la familia Barajas, a quien el asistente conocía. Pero el otro era un hombre joven.
A juzgar por el comportamiento de Carlos, parecía bastante familiarizado con el joven. En definitiva, no era el tipo de familiaridad que se ve entre dos personas de diferentes generaciones. Más bien eran dos amigos que se respetaban el uno al otro.
Por ello, el asistente se preguntó quién era el joven que parecía cercano a Carlos. No solo eso, sino que Carlos incluso tenía el brazo sobre el hombro del joven.
Al presenciar aquella escena, el asistente quedó al instante conmocionado.
El joven que podía hacer que Carlos bajara la guardia y actuara amigable era, por supuesto, Emir. Pero, en cuanto Carlos sintió que la mirada de la multitud se volvía hacia ellos, retiró de inmediato el brazo del hombro de éste.
Emir nunca había imaginado que aquellos dos individuos de alto rango discutirían sin parar por algo tan trivial como qué comer.
—Dejen de discutir —dijo Emir—. Háganme caso. Vamos a comer a ese sitio.
A Emir le dolía mucho la cabeza. Al final, resignado, señaló un puesto de barbacoas llamado «La Barbacoa de Lu» que había más adelante y sugirió que comieran ahí.
Los dos individuos intercambiaron miradas al instante.
«¿Una barbacoa al aire libre? Eso es un poco…».
Antes de que pudieran responder, Emir ya había entrado en el puesto de la barbacoa. Rogelio fue el primero en reaccionar. Mirando a Carlos con sorna, dijo:
—Vaya, el señor Yepes es en verdad increíble. Ni siquiera puede desprenderse de su orgullo para comer en una barbacoa de camino.
Cuando terminó de hablar, dio una gran zancada y siguió de cerca a Emir hasta el puesto de barbacoas.
—Rogelio, será mejor que te expliques con claridad. ¿Quién no puede desprenderse de su orgullo? —Carlos estaba furioso.
Desde que asumió el cargo de gobernador, siempre había sido accesible y querido a la gente. No se había dado aires de superioridad. Por eso, cuando escuchó las palabras de Rogelio, se enojó muchísimo. Entró directo y pidió al dueño del local tres cajas de cerveza, dispuesto a darle una lección a Rogelio.

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