No esperaban que estuviera en verdad embarazada. Sentían como si les hubieran succionado todo el aire de los pulmones.
Sujetándose la cabeza, el chico murmuró:
—Lo siento mucho. Lo siento mucho. No quería hacer esto. En verdad no sé lo que debería hacer...
En ese momento, se puso en pie y huyó de la escena a pesar de los intentos de la chica para que se quedara. Al final, la chica se quedó llorando sola fuera de Clínica Albaricoque.
Sin expresión, Emir dijo:
—¿Ves? Los chicos de tu edad no pueden asumir las consecuencias de sus actos. Si algo sale mal, las que sufren son las niñas tontas como tú.
—¡Doctor, ayúdeme, por favor! Si mis padres se enteran de esto, me matarán. —Se atragantó la niña, berreando.
Emir la miró con apatía durante un buen rato antes de decir:
—Está bien. Deja de llorar. Solo tienes problemas de estómago. Te pondrás bien después de tomar algunos medicamentos. Solo te asusté porque quiero que aprendas a amar tu cuerpo. Si te pasa algo, nadie se apiadará de ti.
—¿Qué? Gracias, doctor… No lo volveré a hacer.
Una vez que la chica se hubo marchado, Emir sacudió la cabeza con exasperación, sintiendo una pizca de melancolía por la adolescente.
La vida debería ser maravillosa para una chica de su edad, pero si cometiera un error como éste, su futuro estaría arruinado.
Lo único que Emir podía decir, es que la educación sexual actual no es lo bastante completa. Cuanto más ocultaran los adultos a los niños, más curiosidad sentirían éstos por el tema.
«Hablando de adolescentes…».
Emir se acordó con brusquedad de Carlota. Recordó que la chica le había dicho que al día siguiente era su cumpleaños, cuando regresó del Monte Celeste.
«¿Qué regalo le hago?».
Un momento de contemplación después, Emir se golpeó la cabeza.
«De acuerdo. Esto va a ser una gran sorpresa para ella».
—¡Carlota, cuida tus modales!
Franco y los demás no sintieron más que terror ciego cuando escucharon a Carlota llamar denso a Emir, y no tardaron en reñirla. Pero Emir solo les lanzó otra mirada fulminante.
«¿Tanto miedo doy?», se preguntó, sintiéndose mudo ante la situación.
Mientras Franco se secaba el sudor frío que le corría por la frente, dijo:
—Carlota, el señor Luna espera que saques buena nota en los exámenes de acceso a la universidad regalándote esto. No puedes defraudarlo, ¿de acuerdo?
Carlota estaba sombría hasta que escuchó las palabras de Franco. Como si recordara algo, inclinó la cabeza y prometió:
—De acuerdo, trabajaré duro en esto. Cuando me admitan en la Universidad de Nevado, podré estar junto al señor Luna.
En cuanto esas palabras salieron de su boca, Franco, que acababa de enjugarse la frente, volvió a sudar frío.
Por aquel entonces, para que Carlota se centrara en sus estudios, le había mentido; le dijo que Emir saldría con ella si la admitían en la prestigiosa Universidad de Nevado.

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