—¡Es un cultivador!
Los tres palidecieron al instante al darse cuenta de lo poderoso y aterrador que era Emir.
El hombre, al que Emir agarraba por el cuello, se dio cuenta de que estaba acabado.
—¡Corran! ¡Yo lo detendré! —gritó a sus compañeros antes de morderse la lengua.
Un sapo salió de su pecho un segundo después.
Como Emir lo sujetaba en el aire, el pecho de éste quedó frente a su cara en ese momento. El sapo le escupió una bocanada de líquido venenoso en la cara.
¡Crac!
Emir retrocedió con rapidez tras romperle el cuello a su oponente, pero el líquido venenoso siguió golpeándole en la cara. Produjo una sensación punzante al entrar en contacto con su piel, pero eso no molestó lo más mínimo a Emir.
Después de todo, ni siquiera temía a la niebla venenosa de Ts’aak, así que la saliva venenosa de ese pequeño sapo no le haría ningún daño. Todo lo que Emir tenía que hacer era canalizar su energía vital para purificar el veneno.
Luego escupió un sigilo y selló al sapo con él.
Todo eso ocurrió en pocos segundos, y los dos hombres que huían, solo habían puesto unos veinte metros entre Emir y ellos.
Emir levantó entonces la mano y apuntó con el dedo índice a uno de ellos. Un rayo de energía vital salió disparado de la punta de su dedo, penetrando en el cuerpo del hombre en un instante.
Al igual que con el hombre anterior, un escorpión salió de su pecho al morir. Tras sellar y capturar al escorpión con facilidad, Emir desvió la mirada hacia el tercer hombre.
Una media hora más tarde, Ts’aak se puso en pie y agitó el brazo, provocando que las criaturas venenosas del interior de la cueva se reunieran a su alrededor. Luego los aplastó a todos en una niebla sanguinolenta y los absorbió en su cuerpo.
Un grupo de individuos poderosos parecía estar buscando algo fuera de la cueva.
La que lideraba el grupo era una mujer preciosa, con una figura despampanante y por completo proporcionada, a juego con sus exquisitos rasgos faciales.
A diferencia de las mujeres típicas, que parecían débiles y sumisas, ella desprendía un aura poderosa y parecía más una guerrera que lucharía valiente en la batalla. Era el tipo de mujer que los hombres soñarían con dominar para poder presumir de ello toda la vida.
Pero ninguno de los hombres que la rodeaban se atrevía a coquetear con ella, ya que era Larisa Lozano, tanto su superior, como la jefa de la Alianza Central Cananea de Artes Marciales.
Todo lo que los hombres podían hacer era llamarla señorita Lozano en privado.

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