El Centro de Convenciones Internacional estaba abarrotado. Cientos de periodistas de todo el mundo se empujaban para conseguir el mejor ángulo. Cámaras de televisión transmitían en vivo para cadenas de Europa, América y Asia.
El rumor había colapsado las redes sociales: "Agustín Lucero está vivo". El hashtag #ElRegresoDelFantasma era tendencia mundial número uno.
En un bar de mala muerte en la periferia de la ciudad, Fabián Gallegos estaba sentado en una mesa pegajosa, rodeado de botellas vacías de cerveza barata. Tenía la barba crecida y la ropa sucia. Miraba la televisión colgada en la pared con ojos inyectados en sangre, hipnotizado por la imagen del escenario vacío pero iluminado.
—Ese... ese maldito... —balbuceó, dando un trago largo a su botella. Los otros clientes lo ignoraron, acostumbrados al borracho que hablaba solo.
A kilómetros de distancia, en un refugio para mujeres indigentes, Paulina Barrera estaba sentada en el suelo de la sala común, abrazando sus rodillas. No tenía maquillaje, y su cabello rubio estaba opaco y enredado. Miraba la pequeña televisión vieja que compartían las residentes. Sus ojos estaban vacíos, pero al ver el logo de "Firmeza Global" en la pantalla, un tic nervioso le hizo temblar el párpado.
De vuelta en el Centro de Convenciones, las luces bajaron. Un silencio expectante cayó sobre la multitud.
Una figura salió de entre las cortinas de terciopelo.
Los flashes estallaron como una tormenta eléctrica, cegadores, incesantes.
Agustín Lucero caminó hasta el podio central. No levantó la mano para cubrirse los ojos. Se quedó allí, de pie, recibiendo la luz, dejando que el mundo confirmara que no era un mito.
—Buenas noches —dijo. Su voz, amplificada por los micrófonos, resonó con autoridad absoluta—. Los rumores son ciertos. Estoy vivo.
Un murmullo recorrió la sala. Agustín levantó una mano para pedir silencio.
Fabiola salió a la luz. El vestido azul noche brillaba bajo los reflectores. Caminó con la cabeza alta, con una elegancia que dejaba sin aliento. No había rastro de la víctima del secuestro. Solo había poder.
Agustín la recibió a medio camino, tomándola de la mano y llevándola hasta el centro del escenario, junto a él.
—... mi esposa, la señora Fabiola Campos de Lucero.
El mundo contuvo el aliento. Fabián, en el bar, dejó caer su botella, que se rompió contra el suelo. Paulina, en el refugio, escondió la cara entre las rodillas y soltó un grito mudo.
Fabiola tomó el micrófono, miró a la multitud, sonrió, y el mundo supo que una nueva era había comenzado.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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