La Mansión Barrera estaba en penumbras. Muchas de las lámparas y cuadros valiosos ya no estaban; habían sido vendidos o embargados en los últimos días.
En el despacho, Fabián Gallegos estaba rodeado de montañas de papeles. Tenía el cabello revuelto y la camisa arrugada. El teléfono no paraba de sonar: acreedores, abogados, bancos. El embargo era inminente. Estaba intentando liquidar activos personales para mantener la empresa a flote un día más, pero los números no daban.
—¡Fabián! —gritó Candela desde el piso de arriba.
Fabián se frotó los ojos cansados. Dejó los papeles y subió las escaleras corriendo. Su única prioridad ahora era su hijo, el único legado que le quedaba.
Entró en la habitación principal. Candela estaba de pie junto a la cama, metiendo frenéticamente cosas en una maleta grande. No era ropa. Fabián vio el brillo de los collares de perlas de la abuela Barrera, relojes de oro, mancuernillas de diamantes.
—¿Qué haces? —preguntó Fabián, deteniéndose en el umbral.
Candela se sobresaltó y cerró la maleta de golpe. Estaba sudando y tenía los ojos desorbitados.
—Nada, amor... Solo estaba... organizando las cosas de valor para que no nos las quiten en el embargo —dijo con una sonrisa nerviosa que no le llegaba a los ojos.
—Esas son las joyas de la abuela. No se pueden vender —dijo Fabián, acercándose—. Dame la maleta.
—¡No! —Candela retrocedió, abrazando la maleta contra su pecho—. ¡Necesitamos dinero! ¡Tú ya no tienes nada! ¡Estamos en la ruina!
—¿A dónde vas, Candela? —preguntó Fabián, con la voz endureciéndose. Vio su pasaporte sobre la mesita de noche.
—¡Me voy! —gritó ella, perdiendo la compostura—. ¡No me voy a quedar a hundirme contigo!
Fabián se abalanzó sobre ella para quitarle la maleta.
—¡Suéltala!
—¡Déjame! —Candela forcejeó con fuerza sorprendente.
En el tironeo, Candela se soltó de repente y se dejó caer al suelo de forma dramática, golpeándose la cadera contra la alfombra.
—¡Ahhh! —gritó, llevándose las manos al vientre—. ¡Mi bebé! ¡Me duele! ¡Fabián, el bebé!
Fabián se quedó helado. El pánico borró su enojo. Se arrodilló junto a ella, temblando.
—No sé qué escuchó, pero esa mujer no está embarazada. El sangrado que tiene es menstrual. Solo tiene el periodo, señor. Y bastante regular, por lo que veo en su historial.
El médico se dio la vuelta y se fue a atender a otro paciente real.
Fabián se quedó parado en medio del pasillo, con los puños apretados a los costados. Una furia fría, mucho peor que la desesperación financiera, empezó a subirle por el pecho.
Caminó hacia el cubículo tres y abrió la cortina de golpe.
Candela estaba sentada en la camilla, ya vestida, revisando su celular con cara de aburrimiento. Al verlo entrar, escondió el teléfono.
Fabián cerró la cortina detrás de él.
—¿Todo fue mentira? —preguntó con voz baja, temblando de rabia.
Candela lo miró. Vio que ya no había engaño posible. Soltó una risa seca y cínica, bajándose de la camilla.
—Claro que sí, idiota. ¿De verdad creíste que alguien como yo iba a querer tener un hijo contigo? Solo quería tu dinero, pero resulta que eres un inútil que ya no tiene ni en qué caerse muerto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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