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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 89

Esa noche, toda la familia Castillo se reunió sin previo aviso en la villa principal.

En el salón principal, las familias del segundo y tercer hijo ocupaban distintos lados. Unos platicaban, otros checaban sus celulares, mientras el personal de servicio les llevaba sus bebidas favoritas a cada uno, moviéndose con orden y eficiencia.

Isidoro no dejaba de mirar hacia la puerta y le preguntó a Elisa en voz baja: —¿Por qué no ha bajado tu papá?

Elisa miró hacia los miembros de la tercera rama familiar, que tenían cara de querer matar a alguien, y le susurró: —Nadie sabe cómo va a reaccionar mi papá. Ten paciencia y espérate.

El pleito reciente entre los Castillo y los Mendoza había armado un escándalo en la alta sociedad. Los rumores decían que el patriarca le había roto las piernas a Alejandro porque quería divorciarse de su hija. Como Isidoro también era yerno de la familia Castillo, de pronto sintió que tenía una soga al cuello.

Héctor notó el nerviosismo de su cuñado y se rió. —Por cierto, felicidades, Isidoro. Si se comprueba que Daniel le vendió la Mina Dorada a Monteluz para hacer una base militar, el gobierno de la República de Valdoria se la va a confiscar de inmediato. Y para reactivar la economía de la zona, van a tener que desarrollar esos terrenos rapidísimo. Alguien hizo un avalúo hace tiempo: en cuanto empiece el desarrollo comercial, estamos hablando de un proyecto de miles de millones.

Hablando de ese asunto, había sido un verdadero golpe de suerte en el último minuto.

Tal como decía Héctor, cuando Isidoro desvió fondos públicos para comprar esos terrenos, lo hizo pensando en su potencial comercial. Si la planeación inicial salía bien, sobrarían bancos y empresas queriendo invertir. Con el dinero de los inversionistas, cubriría el hueco que le hizo al gobierno y se embolsaría cientos de millones sin mover un dedo.

Pero cuando salió la orden de expropiación de la Mina Dorada, se quedó helado. Todo el dinero público que se chingó se iba a ir a la basura, y lo peor: si lo descubrían, terminaría en la cárcel.

Los Montalván pensaron que ya se los había llevado la chingada, hasta que estalló el escándalo de que Daniel estaba vendiendo las tierras.

Un minuto antes estaban viendo cómo sacar su dinero del país para fugarse, y al minuto siguiente tenían ganas de tronar cohetes afuera de su casa para celebrar.

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