En cuanto Mateo y Alejandro entraron al salón principal, notaron que había dos tazas de té caliente sobre la mesa, justo al lado de los asientos principales.
Alejandro también se extrañó. Se acercó, levantó una de las tazas y la olió. Su rostro se llenó de sorpresa.
—Papá, es café Blue Mountain, y nadie lo ha tocado.
Mateo frunció levemente el ceño, con una mueca de ironía.
—Parece que tu suegro ya sabía perfectamente que vendríamos hoy.
Alejandro entró en pánico.
—Entonces... ¿qué hacemos? El abuelo Castillo no sabrá que fui yo quien le dijo a Carmen que se escondiera a propósito, ¿verdad?
—Cállate. —Mateo entrecerró los ojos y escudriñó el salón con una mirada cortante. Cuando se aseguró de que no había nadie más en la habitación, soltó una risa fría y caminó con total tranquilidad hacia uno de los asientos principales.
—Tranquilo. Carmen creció en la familia Torres y te adora como padre. No pasará nada.
Al escuchar esto, Alejandro se relajó bastante. Miró la taza que tenía en la mano.
—Papá, Andrés es un zorro viejo. ¿Mejor tiramos esto?
Mateo lo miró de reojo.
—Tráelo.
Alejandro no se atrevió a desobedecer y se lo entregó con ambas manos.
—Papá, cuidado que quema.
Mateo mantenía la calma, con la actitud de alguien que tiene todo bajo control.
—¿A qué le tienes miedo? Estamos en la Villa Castillo, ¿a poco crees que Andrés se atrevería a envenenarnos?
Destapó la taza y aspiró profundamente el aroma, sonriendo con malicia.
—En el mundo de los negocios y la política, no importa cuánto nos peleemos. Si vengo a su casa, Andrés tiene que recibirme con una buena bebida. —Tras decir eso, le dio un sorbo con aire de superioridad.
Alejandro asintió como si acabara de recibir una gran lección.
—Nadie se compara con usted, papá.
Normalmente, ni el propio Andrés se daría el lujo de tomar ese café tan caro todos los días. Alejandro le dio un pequeño trago, saboreándolo, pero como no le encontró mucho sentido, le dio otro sorbo.

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