En cuanto la doña cruzó la puerta, la sonrisa angelical de Yolanda desapareció y pegó un brinco en la cama.
¡Ese maldito hipócrita de Víctor!
Menos mal que se le había adelantado; de lo contrario, el teatrito de ese manipulador habría funcionado a la perfección.
En la trama de su vida pasada, nunca ocurrió la escena del campamento pescando junto al arroyo.
Después de regresar de Los Laureles, las cosas en la familia Castillo habían dado un giro radical.
En solo dos meses, Víctor logró ganarse por completo el cariño del abuelo.
Siempre que Andrés hablaba de él, repetía las mismas palabras: «Es muy maduro» y «Me parte el corazón verlo sufrir».
Yolanda se enteró del porqué tiempo después, cuando Valeria se lo contó.
Ese maldito hipócrita de Víctor sabía perfectamente que era alérgico a los mariscos.
Sin embargo, para no despreciar el gesto del abuelo, en una cena familiar se comió todos los langostinos que este le peló.
Más tarde, cuando le dio la reacción alérgica, aguantó solo toda la noche en su cuarto.
Si Emilio no lo hubiera encontrado a tiempo para llamar al doctor Lázaro, se habría muerto.
Cuando el abuelo le preguntó a Víctor por qué no había pedido ayuda, su excusa fue que no quería molestar a nadie, ni preocuparlo a él.
¡Maldita sea!
Cuando el abuelo escuchó eso, estuvo a punto de abofetearse a sí mismo de la culpa.
Pasó varias noches despertando a la madrugada, martirizándose por lo ocurrido.
¡Ese infeliz quería usar el mismo truco sucio para dar lástima y ganarse el corazón de su abuelo!
Por suerte, ella fue lo suficientemente astuta y rápida.
En cuanto Ernesto les dijo que el abuelo los invitaba a acampar detrás de la casa, sospechó que Víctor repetiría su numerito.
Por eso, mandó a la doña a conseguir el medicamento especial para la alergia con el doctor Lázaro, y en un descuido, se lo diluyó en el vaso de agua a Víctor.
Yolanda se metió bajo las sábanas con una sonrisa de oreja a oreja.
—Todo termina por salir a la luz, y esta vez te tocó perder.
Definitivamente, es más fácil lidiar con la versión joven de Víctor.
¡Había ganado la segunda batalla usando el cerebro!
Yolanda se enredó como un tamal entre las cobijas y rodó de felicidad por toda la cama.
En la habitación de Víctor.
La luna brillaba en lo alto, cubriendo el marco de la ventana con un manto plateado.
La brisa nocturna, acompañada por el canto de los grillos, entraba por la ventana a medio abrir del segundo piso.

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