Patricio estaba sentado junto a la cama, sosteniéndole la mano con ternura:
—Valeria, ¿todavía te duele?
Valeria negó con la cabeza, pero las lágrimas no paraban de caer:
—Patricio, de verdad tenía mucho miedo... Estaba lista para dar mi vida y llevármelos conmigo...
Patricio tenía el rostro lleno de compasión:
—¿Por qué eres tan inocente? Descuida, te juro que haremos justicia por ti.
En ese momento, Mateo entró en la habitación con el rostro tenso:
—Patricio, esos matones escaparon.
—¿Qué? —Patricio se levantó de un salto.
—En pleno trayecto, un auto chocó contra el nuestro y los tres aprovecharon para huir —dijo Mateo con voz grave.
—Demasiada casualidad, parece planeado —frunció el ceño Patricio.
Valeria, al escuchar esto, suspiró de alivio para sus adentros.
El trabajo de Santiago siempre era impecable.
¡Menos mal!
Valeria fingió estar aterrada:
—Patricio, Mateo, dejémoslo así. Ya estoy a salvo, no quiero hacer un escándalo de esto... No quiero que la gente se entere.
Patricio dijo con dolor en la voz:
—Valeria, eres demasiado bondadosa. ¡Esto no puede quedar impune!
Y volteando hacia Mateo, añadió:
—Mateo, tenemos que llegar al fondo de esto.
Mateo asintió con una mirada afilada:
—Ya mandé a investigar el paradero de esos delincuentes.
Justo en ese momento, Eduardo y Sara llegaron a toda prisa.
—¡Ay, Valeria, pobrecita de mi niña! ¿Cómo es que terminaste en el hospital otra vez? ¿Qué fue lo que pasó? —apenas se abrió la puerta, se escucharon los lamentos de Sara.
Al ver entrar a Eduardo y Sara, Patricio saludó cordialmente:
—Señor Eduardo, señora Sara.
Ambos asintieron.
Mateo explicó:
—Papá, mamá, ya hay gente investigando.


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