Si su hijo menor y su nuera no hubieran fallecido tan pronto, el pequeño Simón jamás habría terminado en ese estado.
Aunque ella ya sentía el peso de los años y muchas cosas escapaban de su control, en su interior seguía analizando y preocupándose por todo.
Tenía el presentimiento de que la condición de Simoncito no era un simple problema de salud; sospechaba que alguien, desde las sombras, le había hecho daño. Pero no encontraba pruebas y el niño se negaba a decir una palabra.
Por suerte, ahora contaban con Alba. Ella había llegado como un rayo de luz a la vida del pequeño, convirtiéndose en su salvación. Por eso, Doña Inés ya la consideraba casi como a una nieta más.
—Albita, perdona que hayas tenido que presenciar este circo. Quédate a comer con nosotros, he mandado a preparar varios de tus platillos favoritos —dijo Doña Inés con una sonrisa cálida.
—Claro que sí, muchas gracias, Doña Inés —respondió Alba con amabilidad.
La verdad era que había disfrutado bastante la escena. No se estaba riendo de la familia Jiménez, sino del patético intento de Valeria. Era evidente que la familia no tenía la más mínima intención de reconocerla, mientras que ella y su madre seguían viviendo en su propio mundo de fantasía.
Bárbara, por su parte, se mantuvo en silencio. Aún no lograba procesar del todo que compartía sangre con Valeria.
Ahora entendía por qué Alba se había negado rotundamente a aceptar siquiera que esa mujer fuera su hermana adoptiva. ¡Si a Bárbara le asqueaba saber que eran hermanas de sangre, no podía imaginar el asco que sentiría Alba!

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada