—¡Ay, Sara! ¿Qué te pasa últimamente? Parece que ya no puedes sostener nada con las manos. ¿Cuántas cosas has roto esta semana? —se quejó la abuela, frunciendo el ceño.
No sabía si su nuera andaba distraída con otras cosas o simplemente le faltaba salir a caminar, pero últimamente tiraba todo al suelo.
—¿Por qué eres tan descuidada? ¿Acaso juegas demasiadas cartas con tus amigas y ya ni haces ejercicio?
Frente a los regaños de su suegra, Sara se sonrojó de vergüenza y se apresuró a explicarse:
—No juego tanto a las cartas, mamá. Hago yoga y nado todos los días. Debe ser que estoy muy cansada.
A ella también le parecía extraño. De vez en cuando, perdía la fuerza en las manos o sentía una fatiga inusual.
Pero se hacía chequeos médicos exhaustivos varias veces al año, y el doctor siempre le decía que gozaba de buena salud, sin nada de qué preocuparse.
—No es falta de ejercicio. Te sugiero que vayas con un neurólogo para una revisión profunda.
Alba había observado todo el incidente con detenimiento.
—¿Qué quieres decir con eso? Estoy perfectamente sana, ¿por qué tendría que ir al neurólogo?
—Tienes los párpados caídos, te fatigas con facilidad y frecuentemente pierdes la fuerza en las manos. Podrían ser los primeros síntomas de debilidad muscular.
—Te sugiero que vayas al hospital para un diagnóstico preciso. Hazme caso o no, es tu problema.
Alba no solía meterse en la vida de los demás, pero considerando que esa mujer le había dado la vida, decidió darle una advertencia como un último gesto de piedad.
—¿Me estás maldiciendo para que me enferme? Me hago chequeos todos los años, conozco mi propio cuerpo.
La voz de Sara se elevó, llena de incredulidad y enojo.
¿Acaso esta hija había venido al mundo solo para torturarla?
Ya era bastante malo que fuera terca y rebelde, ¿pero ahora también la maldecía con una enfermedad?
—Exacto, Alba, no seas tan maliciosa. Después de todo, es tu madre. ¡No puedes desearle el mal! —intervino Isaac, aprovechando su momento para hacerse notar.
La abuela los vio irse con el rostro lleno de preocupación y dejó escapar un profundo suspiro.
Sabía que los conflictos de Alba con ellos no se resolverían con un par de disculpas.
Además, últimamente Pablo se quejaba de dolores en el pecho, pero los médicos aseguraban que todo estaba bien, atribuyéndolo al estrés y la falta de descanso.
Aunque la ciencia lo negara, la anciana sentía una opresión en el corazón.
Algo definitivamente no andaba bien.
Por su parte, Alba condujo directo a las oficinas del Grupo Moreno.
Desde que todos se enteraron de que era la pupila del legendario Maestro Juárez, la miraban con un respeto absoluto.
Los oportunistas de la empresa hacían fila para adularla, y aquellos que antes disfrutaban murmurando a sus espaldas, ya no se atrevían a decir ni media palabra en su contra.

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