Beatriz despertó de su letargo; al abrir los ojos, vio a toda la familia reunida a su alrededor.
La escena parecía sacada de una película... como si estuviera a punto de morir y sus hijos y nietos la rodearan para escuchar sus últimas palabras.
—¿Por qué están todos aquí? ¿Qué me pasó? —preguntó la anciana, un tanto alterada.
Recordaba que planeaba salir a tomar un té con sus amigas, pero justo cuando estaba por salir, sintió que el cuerpo le ardía y le faltaba el aire.
Sentía que la cabeza le iba a estallar; todo le daba vueltas y de repente se desmayó, perdiendo el conocimiento por completo.
Al escuchar las dudas de la anciana, antes de que Alba pudiera decir algo, Valeria se apresuró a acercarse a Beatriz, como si temiera que le robaran el mérito.
Con los ojos llorosos, dijo con la voz entrecortada:
—Abuela, qué bueno que está bien. Cuando se desmayó me asusté muchísimo. Me apresuré a hacerle masajes y ponerle compresas frías; por suerte ya está a salvo.
Sus palabras hacían parecer que ella había sido la salvadora.
No mencionó para nada el envenenamiento y mucho menos iba a admitir que quien realmente había salvado a la anciana era Alba.
Alba, al ver su actitud, sonrió con sarcasmo y se quedó en silencio, observando su teatrito.
—Mamá, alguien la envenenó; menos mal que Albita le dio un antídoto, de lo contrario las consecuencias habrían sido terribles.
Lana, que estaba al lado, ya no lo soportaba; sentía cada vez más que Valeria desprendía un aura de pura hipocresía.
Queriendo hacer justicia por su sobrina, miró a su hermano mayor y a su cuñada y preguntó:
—¿Verdad que sí?
Eduardo y Sara querían decir algo a favor de Valeria, pero con las palabras de Lana no podían negarlo.
Solo asintieron y respondieron secamente:
—Sí, así es.
—Es cierto que Alba la salvó, pero Valeria no se separó de su lado ni un instante, estuvo cuidándola todo el tiempo.
—Sí, todos estábamos muy preocupados. Valeria tiene los ojos hinchados de tanto llorar.

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