Alba y su mejor amiga, Fernanda, habían acordado verse.
Eligieron una cafetería de moda en el centro de la ciudad para ponerse al día y hablar de lo que había sido de sus vidas últimamente.
Pero justo cuando Alba terminaba de arreglarse y estaba a punto de salir, su celular sonó de repente.
El identificador de llamadas mostraba el nombre de su tía, Lana Moreno. Esto encendió una pequeña alarma en la cabeza de Alba.
Su tía casi nunca la llamaba a esa hora, a menos que hubiera una emergencia real.
—¡Alba! ¿Dónde estás? ¡Tienes que venir a la casa familiar ahora mismo! —La voz de Lana sonaba temblorosa y llena de pánico. No se parecía en nada a la tía serena y compuesta de siempre.
—Tía, ¿qué pasa? ¿Ocurrió algo? —Alba sintió un nudo en el pecho y apretó el celular con fuerza por instinto.
—Tu abuela se desmayó de repente y no se ve nada bien. ¡Por favor, ven rápido! —La urgencia y la angustia en la voz de Lana eran palpables; incluso se podía escuchar su respiración entrecortada—. El doctor de la familia ya está aquí, pero la situación es muy grave...
Alba frunció el ceño.
La familia Moreno contaba con su propio equipo médico privado, conformado por especialistas de primer nivel.
Sin embargo, su tía parecía tener una confianza especial en ella, seguramente porque Alba ya la había ayudado a curarse antes.
Aunque no entendía cómo su abuela podía haberse desmayado de la nada, Alba no lo dudó un segundo:
—Entendido, voy para allá.
Tras colgar, le mandó un mensaje rápido a Fernanda explicándole la emergencia y reprogramando su salida.
Apenas envió el texto, arrancó el auto y condujo a toda velocidad hacia la mansión de los Moreno.
Si a cualquiera de sus supuestos "familiares" le hubiera pasado algo, ni siquiera se habría inmutado.
Pero se trataba de su abuela. Aunque no la mimaba de forma incondicional como lo hacía su abuelo, al menos nunca se había dejado lavar el cerebro por Valeria.

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