El rostro de Alba palideció de golpe y casi deja caer el celular.
—Frida, no te desesperes, voy para allá.
Tras colgar, Alba le indicó la dirección.
Sin dudarlo un segundo, Liam encendió el motor y el auto salió disparado como una flecha hacia la mansión de la familia Zamora.
Liam notó que la expresión de Alba no era la mejor.
Ella siempre solía mantener la compostura, a menos que se tratara de un familiar.
—No te preocupes, yo estoy contigo —la consoló Liam.
Alba asintió. Sus emociones estaban hechas un nudo.
Su tía era ahora el único familiar cercano que le importaba.
No podía permitir que le pasara nada malo.
El auto aceleraba en medio de la noche. Alba apretaba el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Más rápido —pidió con la voz temblorosa.
Liam pisó el acelerador a fondo, rozando el límite del velocímetro.
—Tranquila, ya casi llegamos.
Quince minutos después, el auto frenó bruscamente frente a la mansión de los Zamora.
Alba se bajó del auto incluso antes de que se detuviera por completo, y Liam fue tras ella.
La puerta principal estaba abierta de par en par. Frida estaba de rodillas en el piso de la sala, sin saber qué hacer.
Lana estaba tirada en el suelo, con los ojos cerrados y una expresión de profundo dolor.
—¡Tía! —Alba corrió a su lado y le tomó el pulso de inmediato.
Tenía el pulso alterado y una gran agitación en el pecho.
Alba sacó su estuche de agujas de acupuntura y comenzó a tratar los puntos clave de Lana.
Sus movimientos eran rápidos y precisos; las finas agujas brillaban bajo la luz de las lámparas.
Liam, de pie a un lado, observaba con atención el perfil concentrado de Alba.
Cada vez que la veía en acción, le daba una sorpresa nueva.
—Alba, mi mamá... —susurró Frida con los ojos rojos y voz ahogada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada