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Esposa Despreciada. romance Capítulo 37

Por dentro, Gabriel deseaba transmitir admiración sin incomodarla, mostrar cercanía sin invadir su espacio. No quería dar un paso en falso frente a una mujer que, sin proponérselo, ya había trastocado su equilibrio profesional.

Ella le ofreció una sonrisa breve, más de cortesía que de vanidad, aunque en su mirada brilló un destello de gratitud genuina, como si por primera vez en mucho tiempo, alguien lograra verla más allá del apellido que arrastraba como un lastre silencioso.

Al mismo tiempo, no pudo evitar notar el tono de doble sentido con el que él había dicho "lo que estamos construyendo"; no era sólo una referencia a su sociedad empresarial, sino a algo más que todavía no se atrevían a nombrar.

Ese matiz no pasó desapercibido para ella, ni tampoco para Gabriel, quien intentaba controlar su lenguaje con precisión quirúrgica para no dar la impresión equivocada.

Se volvieron al mismo tiempo. Las sombras de la noche, entremezcladas con el resplandor dorado que escapaba del salón, les pintaron los rostros con un matiz íntimo, como si el tiempo entre ellos se hubiese detenido en ese punto exacto.

Ninguno rompió el silencio; no hacía falta. La atracción era un idioma que ambos hablaban, aunque aún no se atrevieran a pronunciarlo.

Isabella sintió una punzada de temor que no iba dirigida a Gabriel, sino que brotaba desde un rincón profundo de su propio ser, ese que reconocía con nitidez el terreno resbaladizo que representaba ser vista, deseada y respetada por un hombre como él.

Aquella mezcla de emociones era peligrosa, porque le resultaba demasiado familiar, como un eco de su pasado que amenazaba con repetirse.

Sabía bien cuán fácil era deslizarse por esa pendiente, confundir la fascinación con amor genuino, o disfrazar la protección de alguien con la idea equivocada de seguridad.

Ya había caído antes en esa trampa sutil, esa que comienza con un suspiro y termina con la pérdida de uno mismo.

Esta vez, sin embargo, no se permitiría repetir el error.

No volvería a ceder su voluntad a cambio de afecto, ni a sacrificar su esencia por la ilusoria promesa de estabilidad.

Mientras lo pensaba, apretó levemente los labios, reafirmando esa resolución silenciosa que era, en el fondo, una declaración de independencia.

—Hace frío —dijo finalmente, devolviéndole la chaqueta con cuidado, como si al devolverla también soltara una parte de sí misma que había quedado atrapada en ese momento compartido—. Será mejor que regresemos. No querrás que piensen que planeamos una fuga de capitales.

Sus dedos rozaron fugazmente los de él, enviando un destello de electricidad involuntaria entre ambos.

Gabriel recibió la prenda con una lentitud casi deliberada, como si comprendiera que aquel gesto encerraba algo más profundo. Mientras doblaba la chaqueta sobre su brazo, sus ojos buscaron los de Isabella una vez más, como si intentara descifrar el verdadero motivo detrás de sus palabras.

Ella evitó la mirada, pero en el fondo de su estómago persistía un cosquilleo sutil, una mezcla de tensión y deseo contenida que no sabía cómo catalogar.

—Tiene razón, señora Deveraux. Aún hay dinero que recaudar… y egos que alimentar

Volvieron al vestíbulo justo cuando la subasta daba inicio entre discursos cargados de emotividad, sonrisas medidas con bisturí social y promesas de generosidad que flotaban en el aire como globos dorados.

Isabella, firme en su postura profesional, se mantuvo a cierta distancia de Gabriel mientras recorría la sala con una seguridad elegante, entablando conversaciones con patrocinadores influyentes y tanteando con astucia posibles alianzas estratégicas para West Palace.

Aunque sonreía con cortesía y su lenguaje corporal transmitía apertura, por dentro evaluaba cada gesto, cada palabra, como si construyera mentalmente un mapa de intereses y debilidades ajenas. Sabía que una mirada bien dirigida o un comentario certero podían significar una inversión decisiva.

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