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Esposa Despreciada. romance Capítulo 35

La tensión en ese lugar se podía cortar con el filo de una copa.

Las miradas convergían, algunas por curiosidad, otras por incomodidad. Gabriel León se mantenía erguido, con la copa sostenida entre los dedos con una calma calculada y la seguridad de quien no teme jugar en territorio hostil, ni mucho menos enfrentarse a ojos que juzgan.

No solía provocar, pero tampoco era de los que se tragaban verdades cuando éstas podían cortarse como vidrio, y mucho menos si Sebastián Moretti estaba involucrado.

Con él de por medio, cualquier silencio se volvía complicidad, y Gabriel no era un hombre que se escondiera detrás de cortesías vacías cuando la situación exigía claridad.

—Claro que la conozco —dijo finalmente, girando apenas el rostro hacia Sebastián, con una expresión de calculada serenidad—. Isabella Deveraux es mi nueva socia, una mujer muy brillante, por cierto. —Lo dijo sin alzar la voz, pero cada palabra cayó con el peso exacto.

No había sarcasmo, solo una afirmación tan directa como desarmante.

El comentario cayó como una losa en medio del salón, dejando un silencio tenso a su paso. Sebastián se quedó inmóvil, sin pestañear, como si lo hubieran golpeado por sorpresa y no tuviera tiempo de reaccionar, sus labios se entreabrieron brevemente, pero no logró articular palabra, el impacto no fue físico, aunque se sintió igual de contundente, directo al centro de su ego y su control perdido.

Isabella asintió con serenidad, sin apartar la mirada de Sebastián, sabiendo exactamente el efecto que aquella revelación tendría sobre él.

Había una chispa de satisfacción silenciosa en sus ojos, no por venganza ni vanidad, sino porque, por primera vez, él estaba viendo con sus propios ojos en quién se había transformado.

Ya no era la mujer moldeada a su conveniencia, sino alguien que había reclamado su nombre, su lugar y su voz.

Entonces, sin prisa, tomó un sorbo de champán, el cristal frío rozó sus labios con delicadeza mientras saboreaba no solo la bebida, sino también el instante.

En ese momento, Sebastián vio el brazalete en la muñeca de Isabella, herencia Deveraux, y frunció el ceño, quizá recordando que jamás la había visto usarlo.

El poco tiempo que llevaban de matrimonio, ella solía obedecer cuando él le pedía que usara joyas escogidas por Alessia, como si sus gustos personales fuesen irrelevantes, sin embargo, esa noche, el mensaje era otro.

Era una declaración muda pero elocuente, una línea trazada en la arena que anunciaba que algo había cambiado de forma definitiva, que la mujer frente a él ya no era la que le decía sí a todo.

Por un instante, Sebastián pensó que el cambio en Isabella sería solo una fachada momentánea, una reacción de orgullo que duraría lo que dura una tormenta de verano. Creyó que la mujer que apareció sin aviso en Moretti-Deveraux Corp., exigiendo su lugar como socia, se desvanecería al día siguiente, y que todo volvería al orden que él conocía.

Pero ya había pasado casi una semana, y ella seguía siendo otra.

Cada día lo sorprendía más con lo que hacía, con la firmeza de sus decisiones, con la independencia de sus palabras y la claridad con la que dirigía sus pasos.

Sin embargo, nada lo había cabreado tanto como verla aparecer esa noche en un evento tan importante... enganchada del brazo de su enemigo.

Aquello no solo fue una provocación, fue una declaración pública de que ya no respondía a él, que su lugar —si es que alguna vez lo tuvo— había sido reemplazado sin permiso ni explicación.

Eso no lo iba a tolerar.

Isabella sintió un fuego silencioso bullir en su interior, una llamarada contenida que no exigía testigos ni explicaciones. No necesitaba aprobación de nadie, tampoco instrucciones que le dijeran cómo comportarse, y mucho menos permiso para existir en sus propios términos, porque esta vez su voluntad era suficiente y su presencia bastaba para marcar el cambio que la salvaría de llegar al mismo punto que llegó en su vida pasada.

—¿Puedo robarte un minuto? —pidió Sebastián, dirigiéndose a Isabella con un tono que pretendía sonar informal, aunque en su voz vibraba una urgencia que ya no podía disimular.

Sus ojos, cargados de ansiedad contenida, se aferraban a los de ella como buscando una señal, una rendija por la cual colarse y recuperar algo que ya no le pertenecía. Sabía que no bastaba con aparecer, que sus palabras tal vez llegaban tarde, pero aun así lo intentaba, aferrándose a lo poco que quedaba de ese vínculo quebrado.

—Difícil —intervino Gabriel antes de que ella respondiera—. Isabella y yo revisaremos los nuevos acuerdos de donación en cinco minutos —anunció con voz amable, aunque en su tono había una firmeza que no dejaba espacio a réplica.

Su presencia, imperturbable, desafiaba cada palabra de Sebastián sin necesidad de elevar la voz, como si su sola compostura bastara para marcar territorio.

Por dentro, Gabriel se mantenía en alerta, no por celos, sino porque intuía que lo que ocurría allí era mucho más que una conversación social.

Y aunque Isabella no le había pedido que la protegiera, era evidente que lo último que quería en ese momento era hablar con Sebastián. Se notaba en su lenguaje corporal, en su mirada evasiva, en la tensión contenida que recorría sus hombros.

Gabriel lo interpretó con facilidad, especialmente al notar que Sebastián seguía acompañado de esa rubia que no se despegaba de su brazo. Esa sola imagen bastaba para comprender que cualquier acercamiento por parte de él era una provocación innecesaria.

—Ella puede responder sola —dijo Sebastián, dirigiéndose a Gabriel con una sonrisa tensa y una ceja levemente arqueada, como si intentara mantener la compostura a duras penas.

Había algo en su voz que mezclaba desprecio y temor, una forma de recordarse a sí mismo que aún tenía algún derecho sobre ella, aunque sus actos dijeran lo contrario.

Gabriel no se inmutó. Ladeó ligeramente el rostro hacia él, manteniendo esa calma que siempre lo había caracterizado, pero que en ese momento bordeaba lo insolente. Una chispa de diversión apareció en su mirada, afilada y sin filtro, como si disfrutara del desconcierto ajeno más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Estaba cómodo en la incomodidad de Sebastián, y dispuesto a no ceder ni un milímetro.

—Y aún así, le cuesta escuchar cuando lo hace —respondió con una cortesía afilada, como quien clava una daga con guantes de terciopelo.

Mantuvo la mirada fija en los ojos de Sebastián, sin pestañear, como quien mide a su oponente antes de dar el siguiente paso.

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