El sol apenas despuntaba sobre el perfil grisáceo de la ciudad cuando Isabella abrió los ojos.
No fue un despertar agitado, como el del día anterior, cuando emergió del abismo de la muerte con la urgencia de una segunda oportunidad. Esta vez, su cuerpo se incorporó con la seguridad de una reina que camina hacia su trono, sabiendo que cada paso ya ha sido escrito en el destino.
Firme, serena, imparable, dueña de sí misma y del porvenir que estaba decidida a construir.
Se sentó al borde de la cama, sintiendo la caricia de las sábanas de seda sobre sus muslos, una sensación suave pero punzante, como si su piel, aún impregnada del pasado, le recordara que estaba viva, con una razón más profunda que el simple latir del corazón.
Con los codos apoyados sobre las rodillas, permaneció unos segundos en silencio, contemplando cómo el resplandor pálido del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas, como un espectador curioso de lo que estaba por comenzar.
Sebastián ya se había marchado.
Lo supo sin necesidad de comprobarlo.
Su ausencia era siempre más ruidosa que su presencia, no había rastro de su perfume de oficina, ni del zumbido habitual de su reloj de pulsera, ni del sonido metálico del cinturón al abrocharse.
Todo estaba en un silencio absoluto, el tipo de silencio que grita verdades a quien sabe escucharlas.
Solo quedaba el penthouse, vacío y frío, como un escenario que aguardaba una nueva puesta en escena, esta vez con Isabella como protagonista indiscutible.
Anoche apenas y la había mirado después de la discusión, pero a Isabella ya no le dolía. Su umbral de dolor se había elevado tanto que lo indiferente comenzaba a resultarle cómodo.
Hoy no habría escena conyugal, ni confrontaciones.
Hoy, Isabella tenía una misión.
Adquirir sí o sí la cadena West Palace Hotels, sin importar cuántas puertas tuviera que tocar ni cuántas barreras se le interpusieran.
Su nueva vida no podía construirse sobre la pasividad.
Se puso de pie con la calma de quien ha meditado cada movimiento. Caminó descalza hasta su despacho privado, ese santuario olvidado que la noche anterior había resucitado del polvo y el abandono, como si al abrir aquella puerta también hubiese reabierto un pasaje oculto hacia su verdadera identidad.
Sin perder tiempo, se colocó los lentes de lectura y abrió su agenda de cuero negro. Entre anotaciones en tinta azul, hojas marcadas con esquinas dobladas y algunas frases destacadas en negrita, encontró el nombre que había rodeado con rojo.
Arturo Dalmassio.
El hombre que figuraba como propietario principal de West Palace Hotels desde hacía más de una década. Un empresario veterano, de esos que se movían entre fondos europeos sin hacer demasiado ruido, pero que sabían cuándo retirarse con el botín intacto.
Isabella marcó el número directo que había conseguido a través de una fuente confiable en TravelMetrics. El tono sonó dos veces antes de que una voz gastada por los años respondiera con sequedad.
—¿Sí? —contestó con un dejo de fastidio contenido, como si hubiese sido arrancado de algo más importante, o simplemente estuviera acostumbrado a llamadas que comienzan sin aportar nada nuevo, era la voz de un hombre que escuchaba por cortesía, no por interés.
Isabella se irguió ligeramente, con una pizca de nervios que le recorrió la columna como un escalofrío fino e inesperado al escucharlo del otro lado de la línea.
—¿Arturo Dalmassio? —preguntó Isabella con firmeza, con esa entonación que no deja espacio para dudas ni juegos.
Sabía que esa llamada era su primera jugada, y la ejecutó con la precisión de quien no piensa retroceder.
—Él habla. ¿Quién llama? —respondió con un tono neutro, casi mecánico, propio de alguien acostumbrado a llamadas inesperadas y propuestas que rara vez valen su tiempo.
Isabella tomó una bocanada de aire, sosteniéndola apenas un instante, como si al nombrarse sellara un nuevo comienzo.
—Isabella Deveraux Moretti. Me gustaría hablarle sobre una posible adquisición de la cadena West Palace. Sé que se han filtrado rumores de venta, pero quiero ofrecerle una propuesta formal y directa —dijo con un tono equilibrado, elegante, sin arrogancia, pero con esa autoridad que solo tienen quienes no acostumbran a recibir un "no" como respuesta.
Al otro lado del teléfono, el silencio fue tan espeso como el aire antes de una tormenta. Luego, una risa seca, breve y sin alegría quebró la tensión.
—Señora Moretti… su interés me halaga, aunque llega un poco tarde. La cadena hotelera ya fue vendida —respondió Arturo con una mezcla de cortesía y desdén contenido, como quien agradece el gesto de alguien que llega después del brindis.

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