-Vamos, volvamos a casa-, dijo, su voz recuperando su fuerza habitual. -El Lago Hydra ya nos ha visto lo suficiente por hoy.
Elevando un poco la voz, agregó, -Y Ottai ha escuchado suficiente por hoy.
¿El Señor Ottai estaba escuchando? Emeriel se retiró, sus ojos se abrieron sorprendidos. Miró a su alrededor, buscando al gran señor.
Desde detrás de un árbol distante, el gran señor salió, con una mirada avergonzada en su rostro. Les saludó con torpeza.
-¿Cómo te atreves a escuchar mi conversación, Ottai?- gruñó el rey, con sus ojos aún en Emeriel.
-Traté de no hacerlo, Su Gracia-, gritó desde donde estaba, su voz defensiva. -Pero no importa cuánto apagué mis oídos, lograron captar una palabra o dos.- Hizo una pausa, luciendo aún más culpable. -O diez.
-Ottai,- Daemonikai dijo con tono de advertencia.
-Pido disculpas, Su Gracia-, dijo Ottai, con un tono demasiado sincero para ser genuino.
El Gran Rey resopló, sacudiendo la cabeza antes de dirigirse a Emeriel. -Vamos a casa.
Ella asintió, dando unos pasos hacia adelante, pero vaciló cuando un agudo dolor recorrió su cuerpo. Emeriel hizo una mueca, tratando de disimularlo, pero su mirada vigilante captó su malestar.
-¿Estás bien?- preguntó, preocupado.
-Sí, es... uhmm... es decir...- Esto era difícil. ¿Cómo podía explicar que su cuerpo dolía y apenas podía caminar correctamente, después de su apasionada noche juntos?
-Estoy bien-, logró decir.
Él arqueó una ceja. -¿De verdad?
Antes de que pudiera responder, sus brazos se deslizaron debajo de sus rodillas y espalda, levantándola con facilidad.
-Parece que alguien no se ha recuperado por completo de su... actividad extenuante de anoche-, bromeó, su voz bajando lo suficiente para ruborizar sus mejillas.
-Detente-, susurró, enterrando su rostro en su cuello. -Lord Ottai puede escuchar.
Daemonikai soltó una risa rica y baja. -Sé que Ottai parece todo inocente y noble, pero un día de estos, deberías escuchar a Morina durante el celo. Su apariencia es engañosa.
-¡Oye! Eso no es algo que se le diga a una dama-, llamó indignado Ottai desde atrás de ellos, con un tono entre ofendido y divertido.
Daemonikai se detuvo, mirando por encima de su hombro. -¿Estás insinuando que carezco de tacto, Ottai?
-Para nada, Su Gracia. Solo un tonto haría eso.
Emeriel no pudo evitarlo, sus labios se curvaron en una sonrisa a pesar de sí misma. Se inclinó hacia el hombro de su Amado, escondiendo su rostro, su risa suave amortiguada contra su cuello.
La mirada del rey se suavizó mientras la miraba, también sonriendo.
Y por primera vez en años, Emeriel se sintió despreocupada. Feliz.
Casa.
-Por favor, déjame bajar-, murmuró Emeriel en su hombro mientras pasaban por las imponentes puertas de la fortaleza. -La gente nos verá.
-Que nos vean.- Sus brazos la apretaron más fuerte mientras avanzaba, llevándola como si fuera lo más natural del mundo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ese príncipe es una chica: la esclava cautiva del rey vicioso