PRINCESA AEKEIRA
Él me reconoció.
El alivio golpeó a Aekeira. Las lágrimas le quemaban los ojos. -¿Quién más podría ser?- logró decir con dificultad.
Sintió el roce de su nariz contra su cuello, y giró la cabeza hacia un lado, dándole mejor acceso.
Una larga y lenta inhalación.
-Esto se siente como un sueño-, gruñó él.
-No lo es. Estoy aquí, en Urai.- Incapaz de contenerse más, dio la vuelta y lanzó sus brazos alrededor de su cuello, acercándolo. -Estoy aquí.
Él se quedó quieto.
Luego, él la abrazó de vuelta. Sus brazos rodeando su cintura, apretándola contra él. Uno era una mano, el otro una gran pata peluda con garras afiladas y alargadas.
Aekeira no se inmutó. No le importaba. Lo único que importaba era que él estaba allí... y que la recordaba.
-Aekeira...- Respiró él.
Nunca había escuchado tantas emociones envueltas en una sola palabra.
-Mi Aekeira.
Ese sollozo salió de su garganta.
Se aferró a él más fuerte, enterrando su rostro en su cuello. Su aroma, limpio y familiar, llenaba sus sentidos.
Y por primera vez en años, se sintió relajada. Centrada.
Finalmente, después de lo que parecía una eternidad, se separó, sollozando. -¿Cómo me reconociste?
•
El Gran Señor Vladya limpió suavemente las lágrimas del rostro de Aekeira con su buena mano, absorbiéndola.
Devorando ávidamente la vista de ella.
Cada emoción, tanto familiar, sepultada desde hace mucho tiempo, como desconocida, lo inundó.
Había estado muerto estos últimos años. O al menos, se sentía así.
Cuando Aekeira dejó Urai, se llevó cada átomo de vida de su cuerpo.
Si perder su alma lo había hecho sentir vacío antes, no era nada comparado con el vacío que la ausencia de ella había dejado.
Vladya había pensado que podría soportarlo. Estaba tan seguro.
Pero no había contado con el sufrimiento. El dolor constante y agotador que venía al mirar a su alrededor y nunca verla.
No esperaba la búsqueda interminable. Siempre buscándola en una habitación que ya no ocupaba.
A medida que los días se convertían en semanas y meses, sentía como si su propio corazón hubiera sido arrancado y devuelto a él.
Roto, destrozado y sangrante.
Junto con la locura que se acercaba, Vladya estaba tan perdido.
No había contado con extrañarla tanto como lo hacía.
No había contado con tantas cosas.
Su mirada siguió recorriéndola. Esta no era la esclava que había conocido. Esta era la princesa que no había conocido.
Ahora, ella lucía completamente el papel. Desde su cabello elegantemente peinado y su joyería simple pero exquisita, hasta la fina tela de su vestido.
Era impresionantemente hermosa.
Y, era real.
Vladya odiaba esa parte de él que susurraba que esto podría ser solo otra de sus numerosas ilusiones y sueños. Esos tortuosos que había tenido deseando su regreso.
-Señor Vladya?
Sí, esto es real.
Probablemente las tres cosas.

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