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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 93

Al día siguiente, el ambiente en la inmensa sala de juntas de la Corporación Grimaldi era de tensión.

Víctor estaba de pie frente a la pantalla, revisando unos gráficos financieros complejos, pero Daniel tenía la mente a kilómetros de allí.

Estaba estancado, completamente atrapado en el recuerdo del culo perfecto de Brenda moviéndose contra él.

Pensaba, con una frustración casi dolorosa, que le había faltado muchísimo más tiempo. Necesitaba hacerle más cosas en la intimidad, exprimir cada segundo en esa cama, devorarla con calma.

Y si eso valía una fortuna o requería vaciar su cuenta bancaria, le importaba un carajo. La quería de vuelta.

—¡Daniel! ¡Daniel! —gritó Víctor desde la cabecera de la mesa, golpeando la madera para hacerse escuchar.

Daniel parpadeó despacio, sacudiendo la cabeza para salir de su trance erótico.

—Sí... dime. —¿En dónde diablos andas metido? —le reprochó Víctor, frunciendo el ceño con impaciencia, notando lo perdido que estaba Daniel—. Te pregunté cuáles son las proyecciones financieras para este trimestre.

—Ah, sí, claro... aquí están. Para este trimestre...

Empezó a hablar de forma mecánica, leyendo los números de la carpeta que tenía abierta frente a él, pero no estaba nada concentrado.

La noche de ayer lo había dejado completamente en la nebulosa, flotando en un estado de distracción que no le permitía ni siquiera sumar dos más dos con claridad.

Minutos más tarde, cuando por fin terminó la tortura de la reunión y los inversionistas se retiraron, ambos salieron al pasillo rumbo a la oficina principal.

—¿Qué te pasa hoy, Daniel? —le preguntó Víctor, mirándolo con extrañeza—. Estuviste muy despistado en toda la reunión. Tú el que siempre tiene los números en la cabeza.

Daniel suspiró, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, completamente rendido.

—Brenda... se llama Brenda.

Víctor se detuvo en seco en medio del pasillo, confundido.

—¿Quién carajos es Brenda?

—La que me tiene así de pendejo... —confesó Daniel, frotándose la nuca. Víctor soltó una carcajada y volvió a caminar.

—Es la resaca del sexo, hermano. Tomate un par de aspirinas, un café negro y en cinco minutos se te pasa el embobamiento.

—No, Víctor, tenías que verla —habló bajito, acercándose a su amigo para que nadie más en el pasillo los escuchara—. Coge del carajo. Es de otro planeta.

Víctor arqueó una ceja, deteniéndose de nuevo, esta vez con una sonrisa cargada de burla.

—¿Ya te la cogiste? ¿Cuándo pasó esto?

—Fue anoche... en el Club Escape. El sitio que te comenté en tu oficina.

Víctor soltó una carcajada muchísimo más fuerte esta vez, echando la cabeza hacia atrás, sin poder disimular su diversión.

—¡Ja! Estás así de idiota por una puta. Hermano, tú estás de psiquiatra. Definitivamente perdiste la cabeza.

—¿Por qué? ¿Qué mosca te picó a ti ahora? Tú siempre eres la más fría de todas.

—Después de tanto tiempo trabajando en el oficio, por fin me tocó un hombre de verdad. No solo era guapo, sino joven, con un cuerpo increíble y olía tan rico que me mareaba. No todos los días se corre con la misma suerte en este negocio.

Melissa asintió con comprensión, arreglándose el escote de su vestido.

—Eso es mucha verdad. Siempre los que vienen buscando acción rápida y pagando esos cuartos son viejos decrépitos, gordos sudados o políticos asquerosos. Tuviste tu golpe de suerte.

—Fue una locura... —susurró Brenda, recordando la forma en que Daniel la estampó contra la puerta sin importarle nada.

—Bueno, yo no me puedo quejar últimamente —intervino Melissa con los ojos brillando de pura avaricia, cambiando el tema hacia ella—. Ese Alexander Donovan es una mina de oro. Le gusta que sea su exclusiva, me exige total disponibilidad para él, y me paga mucha plata.

Brenda la miró enarcando una ceja, sacudiendo un poco su propia ensoñación.

—¿Y para qué te sigues matando en este mundo si ya tienes todo resuelto? Víctor Grimaldi te pasa una mensualidad altísima por su hijo.

Melissa bufó con desprecio, cruzándose de brazos.

—Víctor solo me da dinero para Mattias. Sí, es una suma considerable, pero es para la guardería, el departamento, los lujos del niño... Las tres lochas que me da no son suficientes para mí.

—¿Tres lochas? Melissa, ese hombre les cubre todo. Tú podrías vivir tranquila sin necesidad de venir a este club.

—¡Pero no es suficiente para la vida que yo merezco! —estalló Melissa, apretando los puños, dejando salir esa ambición ciega que la devoraba por dentro—. Yo no quiero ser solo la madre mantenida del hijo de un millonario que ni siquiera me voltea a mirar. Yo quiero poder, Brenda. Quiero mi propia fortuna. Donovan me suelta fajos de cien dólares como si fueran hojas y me trata como a una diosa en esa cama, no me voy a conformar con las sobras de Víctor Grimaldi si puedo exprimir al canadiense hasta dejarlo seco.

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