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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 67

El aire en el pequeño depósito cercano al jardín estaba cargado, denso por el calor de sus cuerpos y el aroma del sexo reciente.

No habían tenido tiempo de llegar a la habitación de Amanda; la prisa los había vencido apenas cruzaron el umbral de ese cuartito lleno de herramientas y muebles cubiertos con mantas.

Allí, entre el polvo y la penumbra, se habían entregado con una desesperación que bordeaba la locura, como si el mundo fuera a acabarse al amanecer.

Amanda intentaba recuperar el aliento, acomodándose la ropa con manos que todavía le temblaban. Se miró las rodillas raspadas y luego el suelo de cemento.

—Víctor, esta pasión nos está volviendo locos... —soltó ella con una risa nerviosa y un poco amarga—. Por lo menos mira dónde terminamos acostados. En un cuarto de trastos, como si fuéramos un par de adolescentes escapando de sus padres.

Víctor, que se estaba abrochando la camisa sin dejar de devorarla con la mirada, se acercó y le acarició la mejilla con el pulgar.

—No importa el lugar, Amanda. Lo único que me importa es que estás aquí, conmigo. La compañía es lo que hace que este sitio valga la pena.

Ella suspiró, tratando de recuperar su faceta de mujer poderosa, esa que tenía el control de su vida.

—Tengo que irme ya. Me esperan en la obra y voy tardísimo.

Pero cuando intentó levantarse, Víctor la tomó suavemente de la muñeca, obligándola a quedarse un segundo más en su burbuja. Su expresión se volvió seria.

—Espera, Amanda. Mírame. Necesito que me escuches muy bien, porque no sé si tendré el valor de volverlo a decir así: te amo. Te amo como no he amado a nadie en mi m*ldita vida.

Amanda se quedó helada.

Esas eran las palabras que había esperado escuchar durante tres años, las que imaginó mientras dormía sola en esa cama inmensa, pero escucharlas ahora, con un sobre de divorcio sobre la mesa de noche, le escocía en el alma.

—Cómo me hubiese gustado escuchar eso antes, Víctor —murmuró ella, sintiendo que los ojos se le llenaban de humedad a—. Antes de los gritos, antes de las mentiras, antes de "Carlos".

—Pero te lo estoy diciendo ahorita —insistió él, acortando la distancia hasta que sus frentes se tocaron—. Sé que la maté, sé que cometí errores imperdonables, pero lo que importa es el presente. Te juro que sin ti me vuelvo loco. La idea de que firmes esos papeles y te vayas de esta casa me está matando.

Amanda cerró los ojos, dejando que el calor de Víctor la envolviera una vez más.

—Yo también te confieso que me importas... —admitió en un hilo de voz—. A pesar de tus mentiras, a pesar de todo el daño. Pero no sé si podré con el fantasma de Melissa, Víctor. Ella siempre va a estar ahí, acechando.

—Entre Melissa y yo no hay nada, te lo juro por mi vida —dijo Víctor con firmeza—. Lo único que nos une es nuestro hijo. Ella es el pasado, un error que tengo que asumir, pero tú eres mi mujer.

Se separó un poco, la tomó de las manos y la miró fijamente a los ojos, con una chispa de travesura y ternura.

—Amanda... ¿quieres ser mi novia?

Ella soltó una carcajada, la primera en mucho tiempo.

La propuesta era ridícula dadas las circunstancias, pero tenía una pureza que la desquició.

—¿Tu novia? Víctor, somos esposos y estamos en medio de un divorcio.

—Exacto —dijo él, sin soltarla—. Olvida al esposo posesivo y al empresario mentiroso. Empecemos como debió ser siempre. ¿Aceptas salir con este hombre que está perdidamente loco por ti?

Amanda suspiró, sintiendo que la esperanza pesaba más que el rencor.

—Está bien, acepto ser tu novia. Pero pórtate bien, Grimaldi, porque esta vez no te la voy a poner fácil.

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