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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 59

—Estás tan mojada... —susurró Víctor al oído de Amanda, sintiendo cómo su propia respiración se aceleraba.

Mientras se deslizaba entre sus pliegues, acariciando el calor resbaladizo que se había acumulado solo con su mirada, Amanda sintió que se le cortaba la respiración.

Un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda mientras se apoyaba contra la pared, buscando un punto de equilibrio que perdió en el momento en que él la penetró con una premura que quemaba.

La emoción de la victoria profesional, la alegría de haber firmado ese contrato millonario y el despecho silencioso contra las orquídeas de Donovan se canalizaron en un encuentro salvaje.

Amanda no quería ser delicada; quería sentir que tenía el control. Se separó de la pared, empujó a Víctor hacia la cama y se montó sobre él con vehemencia.

Cabalgaba sobre él con un ritmo frenético, su cuerpo arqueándose bajo la luz tenue de la habitación.

Víctor, hipnotizado por la fuerza de su mujer, la sujetaba de las caderas mientras ella misma se apretaba los pechos, ofreciéndole sus pezones que él no tardó en llevarse a la boca, succionando con hambre.

Los gemidos de Amanda llenaban el cuarto, mezclándose con el sonido del esfuerzo físico y esa química explosiva que, por más que intentaran negar, los mantenía encadenados.

Después del clímax, el silencio post-coital no fue incómodo, sino casi confesional.

Amanda estaba echada a su lado, recuperando el aliento, con el brillo del triunfo todavía en los ojos.

—Logré esto... estoy tan emocionada que hasta te lo estoy contando a ti —soltó ella, casi como si se le escapara, con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad.

Víctor se apoyó en un codo y la miró con un amor que le desbordaba por los poros.

Normalmente, después de tener sexo, Amanda se convertía en una estatua; se volteaba dándole la espalda, una señal muda de que era hora de que él se fuera de la habitación.

Pero hoy era distinto.

—Tú puedes con eso y con mucho más, Amanda —le dijo Víctor, acariciándole el hombro—. Nunca dudé de que ese contrato sería tuyo. Tienes un talento que intimida, nena.

Ella lo miró por un segundo, y por primera vez en mucho tiempo, no hubo reproches en sus ojos.

Parecía que la muralla estaba cediendo... hasta que el sonido estridente de un celular rompió el hechizo.

El teléfono de Víctor, sobre la mesa de noche, vibraba con insistencia. Amanda ladeó la cabeza y alcanzó a leer el nombre en la pantalla: Melissa.

La expresión de Amanda cambió en un parpadeo.

La suavidad desapareció, reemplazada por esa seriedad que Víctor tanto temía. Él miró el aparato y luego a Amanda, pensando para sus adentros:

"¡Qué carajo! Qué inoportuna es esta tipa".

—Voy a tomar la llamada —dijo él, tratando de sonar neutral, aunque por dentro estaba furioso por la interrupción.

Se acercó a la cama, le dio un beso rápido en la cabeza —que ella recibió sin inmutarse— y salió de la habitación.

Abajo, en la penumbra de la cocina, dos figuras observaban la escena desde las sombras.

Martina, la ama de llaves, y Ramón, el chofer, compartían un café nocturno mientras veían a Víctor salir a toda prisa hacia el garaje.

—Ya ves, Ramón... —susurró Martina negando con la cabeza—. Los patrones tienen una relación muy rara. Demasiado moderna para mi gusto. Se buscan, se devoran y luego él sale corriendo.

—Se aman, Martina —respondió Ramón, limpiando sus anteojos—. Pero tienen tantos obstáculos que enfrentar que a veces parece que juegan a perderse.

—Por tu cara, tú sabes más de lo que dices, viejo —le picó ella.

Ramón soltó un suspiro pesado, mirando hacia la escalera por donde Víctor acababa de bajar.

—Así es, pero no me incumbe a mí contar las penas ajenas. Lo que sí te puedo asegurar es que esos dos tienen una química que no es de este mundo. Se incendian cuando están cerca.

—Eso sí no te lo discuto —asintió Martina—. La señora Amanda es una belleza, y el señor ni se diga... es un papacito. Lástima que siempre haya un "pero" en medio de ellos.

—Ya vamos a dormir, Martina, antes de que te dé por preguntar de más —concluyó Ramón levantándose.

Mientras el auto de Víctor rugía alejándose por la entrada, Amanda se quedó en la oscuridad de su cuarto, mirando las orquídeas de Donovan que brillaban pálidas en un rincón.

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