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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 53

Bajó la cabeza y hundió el rostro directamente en su vagina empapada. Amanda arqueó la espalda con un grito ahogado.

Víctor le dio una mamada deliciosa y voraz, lamiendo y succionando su clítoris con una mezcla perfecta de rudeza y precisión.

Mientras su lengua hacía maravillas, deslizó un dedo grueso dentro de su coño, bombeando al ritmo de su boca.

Luego, subió arrastrándose por su cuerpo hasta atrapar uno de sus pezones con los labios, mordisqueándolo suavemente, mientras su dedo seguía castigando su centro húmedo para darle un placer doble.

Amanda se volvía loca. Se retorcía en las sábanas, arañándole la espalda y los hombros con desesperación.

—Estás goteando para mí... joder, qué rica estás —le susurró Víctor contra el pecho, con la voz cargada de lujuria—. Dime para quién te mojas, Amanda. Dilo.

—Para ti, maldita sea... ¡Métemela ya! —le exigió ella, desesperada, tirando del cabello de él hacia abajo.

Víctor no la hizo esperar un segundo más. La agarró por las caderas y la hizo voltearse, colocándola en cuatro sobre el colchón.

Se acomodó detrás de ella, alineó la punta de su polla dura con la entrada resbaladiza y la penetró de una sola embestida, profunda y brutal.

Amanda ahogó un grito estridente contra la almohada, sintiendo cómo la llenaba hasta la garganta. Víctor empezó a galopar detrás de ella, embistiéndola con una fuerza salvaje.

El sonido de sus cuerpos chocando ruidosamente resonaba en toda la habitación.

Sus manos grandes le apretaban los muslos y la cintura, marcándole la piel con la posesión que le hervía en la sangre.

—Me encantas así, tan perra y tan mía —gruñó él, dándole una nalgada seca que la hizo jadear con más fuerza—. ¿Te gusta cómo te follo?

—¡Sí... joder, no pares, Víctor, más duro! —le respondió ella entre jadeos, empujando sus propias caderas hacia atrás para recibirlo más profundo, buscando esa fricción exacta que la hacía ver estrellas.

El fuego del orgasmo se apagó, y el peso de las mentiras y de la farsa de Carlos le cayó encima como un rayo.

Amanda lo apartó con total rudeza y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda.

—Es hora de irte —le dijo ella, con una voz cortante, vacía de cualquier emoción, sin siquiera voltear a mirarlo.

Víctor se quedó inmóvil un instante. Apretó la mandíbula, pero no discutió.

Conocía perfectamente las nuevas reglas de este juego tóxico en el que él mismo se había metido. Se levantó de la cama, recogió su ropa del suelo y se vistió en absoluto silencio.

Sin decir una sola palabra, ni intentar despedirse, salió de la habitación como el mismo ladrón que había entrado, dejándola sola con la oscuridad.

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