Víctor pasó la noche entera en vela. No pudo pegar un ojo, dando vueltas en la inmensa cama vacía, con la mente taladrada por el recuerdo de Amanda.
Pensaba en su olor, en su cuerpo exquisito sudando debajo de él en esa misma habitación de hotel, y en la ironía tan cruel de haberse dado cuenta de que la amaba con locura justo después de inventarse toda esta mentira de ser otro hombre para poder tocarla.
Era absurdo.
Salió de sus pensamientos y terminó de abotonarse la camisa blanca frente al espejo del baño.
El cristal le devolvía la imagen de un hombre compuesto, el perfecto y atractivo Víctor Grimaldi por fuera, mientras por dentro se desmoronaba a pedazos con cada segundo que pasaba.
Permaneció inmóvil, agarrado del borde del mármol, respirando con dificultad.
El reflejo le mostraba a un completo desconocido; ya no sabía si era el esposo fracasado que había engañado a su mujer, o el amante cobarde que se escondía en las sombras para amarla.
Ya estaba en la suite de siempre, el mismo escenario de sus escapadas clandestinas.
Sabía con absoluta certeza que, cuando Amanda descubriera que Carlos y Víctor eran exactamente la misma persona, lo odiaría con justa razón.
Y él se lo merecía.
Se merecía todo su desprecio por haber permitido que el juego llegara demasiado lejos, por haberla manipulado escondiéndose en la oscuridad de ese cuarto.
De pronto, el clic de la cerradura principal rompió el silencio de la habitación.
El cuerpo de Víctor se tensó de golpe. Un nudo áspero le cerró la garganta y sintió que el pulso le reventaba en el cuello.
Se quedó clavado en el baño a oscuras, incapaz de dar un paso. Escuchó el roce de la puerta al abrirse y los tacones pisando la gruesa alfombra.
Amanda entró despacio, cerrando con el pasador detrás de ella.
A pesar de la falta de luz, Víctor alcanzó a ver desde su escondite que llevaba puesto un vestido rojo corto que se ceñía a sus curvas, y traía una sonrisa pequeña, cansada pero llena de alivio.
—¿Carlos? —llamó ella con voz suave, dejando el bolso en una silla.
Víctor no respondió.
Apretó los puños y cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo la culpa se le clavaba más profundo en las entrañas.
Amanda había ido hasta ahí a buscar refugio, a implorar la pasión que le ofrecía Carlos, a entregarse sin reservas al único hombre que no la juzgaba, sin imaginar ni por un segundo que siempre se había estado acostando con su propio esposo.
Al no escuchar respuesta, Amanda caminó hacia el centro de la habitación, buscando en medio de la negrura total.
Esta vez, Víctor no había encendido ni una sola de las velas aromáticas.
Todo estaba sumido en unas sombras densas, el ambiente exacto que él necesitaba para su confesión.
—¿Dónde estás, Carlos? —preguntó, tanteando un poco el aire con las manos.
Víctor obedeció por inercia. Dio otro paso al frente hasta quedar tan pegado a ella que podía sentir su aliento tibio sobre la piel del cuello.
Amanda soltó sus manos, las elevó lentamente y las apoyó planas sobre su pecho.
Lo recorrió despacio, reconociendo la forma de su cuerpo, la dureza de sus músculos, pero de inmediato notó la textura de los botones y el algodón de la camisa bajo sus palmas.
—¿Aún tienes la ropa puesta? —le preguntó, con un tono de sorpresa y confusión—. Pensé que te hallaría sin nada, esperándome en la cama.
Esas simples palabras lo hirieron como navajas.
Porque eso era exactamente lo que el falso Carlos habría hecho siempre: aparecer desnudo en la oscuridad, tomarla hasta dejarla exhausta y luego desaparecer como un cobarde.
Un disfraz creado solo para el sexo.
Pero él no dijo nada. Se tragó la agonía, dejando que ella siguiera acariciando su pecho vestido.
—No tienes ni idea de cuánto te necesito hoy... —susurró Amanda, apoyando la frente contra él, cerrando los ojos para esconder lo destrozada que la había dejado el incidente con Melissa.
Víctor abrió los ojos en la penumbra y la miró desde arriba.
Al escuchar su voz rota, en el fondo de su corazón solo encontró un dolor insoportable, sabiendo que el abrazo que él le estaba dando, era el mismo abrazo que la iba a destruir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...