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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 32

Días después…

Víctor llevaba media hora frente al ventanal de su oficina, con la mente a kilómetros del trabajo. Amanda no había vuelto a llamar a Carlos desde aquella madrugada.

Ni un mensaje, ni una señal.

Ese silencio absoluto lo devoraba vivo mientras repasaba la escena en el hotel sin parar: ¿habría visto la esclava de platino? Pensar que su farsa estaba descubierta le apretaba el estómago de pura ansiedad.

Trataba de convencerse de que era la salida perfecta. Si ella terminaba el romance con Carlos, su secreto estaba a salvo.

Sin embargo, la lógica no apagaba su frustración. Extrañaba cómo se entregaba en esa cama, pidiendo más.

Al final, le hervía el ego al descubrir que el gran Víctor Grimaldi sentía celos de su propio alter ego.

El sonido de la pesada puerta abriéndose sin previo aviso lo sacó de la corriente de sus pensamientos velozmente.

Sus dos mejores amigos entraron a la oficina con la soltura de quienes conocen el lugar de memoria.

—¿Qué te pasa, Víctor? —preguntó Daniel de entrada, aflojándose el nudo de la corbata y dejándose caer en uno de los sillones de cuero negro—. Estás en la luna. Pareces un fantasma parado ahí.

Víctor parpadeó, sacudiéndose la cabeza, y caminó despacio hacia su escritorio.

—Pensamientos de trabajo, nada más. ¿Qué hacen ustedes irrumpiendo aquí tan temprano?

—Venimos a traerte buenas noticias, hermano —anunció Fernando, cerrando la puerta a sus espaldas. Se acercó al bar de la oficina para servirse un vaso de agua—. Por fin lograron convencerme. Me incorporé formalmente al grupo legal de la Corporación Grimaldi.

Víctor alzó las cejas, visiblemente sorprendido, y una sonrisa se abrió paso en su rostro por primera vez en toda la semana.

—¿Y a que no adivinas el resto? —intervino Daniel, frotándose las manos con entusiasmo—. Con la llegada de Fer y su revisión maniática de cada cláusula, logramos cerrar el contrato del año. Está completamente blindado legalmente, no hay por dónde atacarlo. Nos vamos a hacer asquerosamente más ricos, mi amigo.

—Qué buena noticia, Fer. Al fin te decidiste a trabajar con nosotros en la misma cancha —dijo Víctor, apoyando las manos en el escritorio con un alivio real.

Fernando le dio un sorbo al agua, manteniendo su postura seria, siempre la voz de la razón dentro del grupo.

—Pues la vas a tener, pero como Víctor Grimaldi, no como un pobre diablo disfrazado —lo atajó Fernando, con ese tono ecuánime y directo que no admitía discusiones—. Escúchame bien. Es lo mejor que te pudo pasar que Carlos ya no exista más entre ustedes. Esa farsa tenía fecha de caducidad y tú lo sabías. Deja que el personaje muera por la paz. Trágate ese orgullo absurdo que te cargas y comienza a enamorarla de nuevo.

Víctor lo miró en silencio, absorbiendo el golpe de realidad.

—Demuéstrale quién eres —continuó Fernando, acercándose al escritorio apoyando los nudillos en la madera—. Conquístala sin mentiras, sin disfraces, sin cuartos de hoteles de lujo. Llévala a cenar, trátala como la señora Grimaldi. Tienes el camino libre para ser un esposo de verdad y demostrarle que eres mejor opción. Nunca es tarde para arreglar el desastre que armaste tú solo.

Daniel, que había estado escuchando todo en silencio, soltó una carcajada repentina que retumbó en la espaciosa oficina.

—Fer tiene toda la boca llena de razón, hermano —dijo Daniel, riendo mientras se acomodaba en el sillón—. Tienes que liquidar a Carlos hoy mismo. Hazle una buena carta de despido, págale sus prestaciones por los servicios prestados y entiérralo bajo tierra. Porque te juro por Dios, Víctor, que si Amanda llega a enterarse de que tú y tu doble personalidad se la estaban turnando, no te va a pedir el divorcio. Te va a cortar las bolas con un cuchillo de mantequilla.

Víctor no pudo evitar soltar una risita, negando con la cabeza. Aunque el comentario de Daniel fue una completa payasada como siempre, la imagen mental le sirvió de sacudida.

Miró a sus amigos, sintiendo que por fin una niebla densa se le levantaba de la cabeza.

—Tienen razón —dijo Víctor, enderezándose en la silla con una nueva luz de determinación en los ojos—. Se acabaron los juegos. Es hora de recuperar a mi mujer.

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