Pasaba de la una de la tarde y la oficina de la fundación estaba más tranquila de lo normal, no se escuchaba ni el vuelo de una mosca.
Amanda estaba metida de cabeza revisando unos papeles, cuando de la nada la puerta se abrió de un solo empujón.
—¡Amanda, Amanda! ¡No lo vas a creer! —entró Adriana, casi sin respiración y con los ojos pelados.
Amanda levantó la vista de los papeles, soltando el bolígrafo con un suspiro de resignación.
—¿Qué pasó, Adri? ¿Cuál es el alboroto ahora? Por Dios, no me hagas arrepentirme de haberte traído a trabajar aquí conmigo...
—Tranquila, jefa, no es nada malo —Adriana se apoyó en el borde del escritorio, bajando la voz—. Es que acaba de llegar un tipo a la recepción... mi amor, con un acento extranjero, como canadiense, y está preguntando por ti.
Amanda frunció el ceño, visiblemente confundida.
—¿Un canadiense? ¿Y qué quiere?
—¡Qué importa si es chino o si viene de Marte! —exclamó Adriana, abanicándose la cara con la mano—. Lo que importa es que el tipo está buenísimo, Amanda. Por favor, pásame un poquito de tu perfume a ver si me voltea a mirar cuando salga.
Amanda no pudo evitar soltar una carcajada, negando con la cabeza.
—Basta, Adri. Pórtate seria, que estamos en la oficina.
Justo en ese momento, la secretaria de la fundación se asomó por la puerta abierta, interrumpiendo el relajo de Adriana.
—Señora Grimaldi, el señor Alexander Donovan está aquí y desea verla.
—Dígale que pase, por favor.
—Me voy. Suerte con eso, amiga —le guiñó el ojo Adriana, saliendo rapidito detrás de la secretaria.
Apenas las dos mujeres despejaron la entrada, la figura de un hombre llenó el marco de la puerta. Amanda se quedó mirándolo un segundo de más.
Era un hombre de unos treinta y cinco años, con una presencia imponente.
Llevaba un traje hecho a la medida en color gris plomo que resaltaba sus hombros anchos y su postura segura.
Tenía el cabello castaño claro, peinado hacia atrás con estilo, y unos ojos verdes tan claros que parecían de cristal.
—Mucho gusto, señora Grimaldi —saludó él, extendiéndole una mano. Tenía un acento canadiense bastante marcado, pero su español era fluido y elegante.
—Bienvenido, señor Donovan —respondió Amanda, estrechándole la mano—. Tome asiento, por favor. ¿En qué puedo ayudarlo?
Alexander se acomodó en la silla frente a ella, cruzando una pierna con total naturalidad.
—Realmente, a eso vine yo. Vengo a entregar un donativo importante a la Fundación Grimaldi.
Amanda alzó las cejas, sorprendida.
Alexander Donovan no era un empresario del montón.
Era el CEO de Donovan Enterprises, un imperio de logística y transporte marítimo que movía millones a nivel internacional, con un poder e influencia que le pisaba los talones al mismísimo Víctor Grimaldi.
—Es que... señor Donovan, soy una mujer casada. Mi agenda es algo complicada.
—Tranquila, señora Grimaldi, que no es una cita. Discúlpeme si le di esa impresión —dijo él, sin borrar esa sonrisa maliciosa—. Es un simple almuerzo de trabajo. Si quiere, el señor Grimaldi puede acompañarnos sin ningún problema... aunque dicen las malas lenguas que es un hombre extremadamente ocupado para estos asuntos.
El tono de su voz tenía un doble filo evidente.
Lo dijo con una sutileza tremenda, pero Amanda captó el mensaje en el aire.
Parecía que el canadiense sabía perfectamente que su matrimonio era más de papel que de otra cosa. Decidió ignorar ese detalle y mantener el control de la situación.
—Deje toda su información con mi secretaria al salir para que ella le confirme la hora y el lugar del almuerzo.
—Perfecto. Nos vemos mañana, Amanda.
Alexander se levantó, se abotonó el saco y salió de la oficina sin mirar atrás.
No habían pasado ni cinco segundos de su salida cuando Adriana entró corriendo de nuevo, cerrando la puerta a sus espaldas y apoyándose en ella como si acabara de correr un maratón.
—¡Mujer! ¿Quién diablos era ese tipo?
Amanda soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y se pasó las manos por la cara, soltando una risa nerviosa.
—Un nuevo donante, Adriana. Se llama Alexander Donovan. Y antes de que empieces a inventar películas en tu cabeza. Es solo trabajo.
—¿Trabajo? —Adriana soltó una carcajada incrédula, caminando hacia el escritorio—. Ay, Amanda, a otro perro con ese hueso. Yo vi la sonrisita de lado con la que salió ese hombre ahorita. Ese tipo no tiene cara de andar buscando hacer ninguna obra de caridad. ¡Se te juntó el ganado, amiga!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...