Víctor sentía que la sangre le hervía bajo la piel. Ver a su esposa allí, tan orgullosa, tan deseable y rechazándolo en su propia cara, lo estaba llevando al límite.
Sentía que si no la hacía suya en ese preciso instante, iba a reventar de la pura desesperación.
—Vamos a mi despacho —le ordenó con la voz casi irreconocible.
Le extendió la mano, esperando que ella la tomara como la esposa sumisa que alguna vez fue, pero Amanda ni se inmutó.
Lo miró con altivez y caminó por su cuenta, obligándolo a seguirla de cerca, tragándose la frustración.
Apenas cruzaron el umbral de la oficina, Víctor no aguantó un segundo más.
Le metió seguro a la puerta, asegurándose de que ninguno de los empleados que pudiera estar merodeando por la casa interrumpiera lo que había empezado en el pasillo.
La agarró por la cintura y la hizo girar.
La pared blanca le rozó la espalda a Amanda cuando él la empujó contra ella, acorralándola por completo.
Sin darle tiempo ni para respirar, la besó de nuevo, pero esta vez con una vehemencia salvaje, impetuosa.
Aquello fue un choque frontal. Boca contra boca, lengua contra lengua. Víctor estaba ardiendo en fiebre, exigiendo una respuesta con cada movimiento de sus labios.
Amanda levantó las manos de inmediato, con toda la intención de pararlo, de empujarlo lejos, pero su propio cuerpo la abandonó miserablemente.
La sensación que le transmitía la boca de su marido era fascinante, embriagadora.
Cerró los ojos, mareada por el calor del momento, y una sacudida eléctrica le recorrió la espina dorsal. Era como cuando se acostaba con Carlos.
La misma prisa, la misma forma de inclinar la cabeza, el mismo sabor a peligro.
Su mente empezó a compararlo inevitablemente con su amante.
No podía evitarlo; el contacto físico era tan absurdamente idéntico que por un instante se dejó llevar, abriendo los labios para devolverle el beso con una necesidad que la asustó.
Víctor, sintiendo que ella cedía, se pegó aún más a su cuerpo. Su mano bajó por la cadera de Amanda, buscando desesperadamente la abertura del vestido azul.
Encontró la piel desnuda de su muslo y empezó a subir, trazando un camino de fuego directo hacia su coño, con toda la intención de arrancarle la ropa interior.
Al mismo tiempo, bajó la boca hacia el escote, a punto de morder y succionar ese rico pezón que lo volvía loco.
El roce atrevido de sus dedos y el frío del aire chocando contra su pecho medio descubierto fueron el balde de agua helada que Amanda necesitaba.
El golpe de la realidad la estrelló de frente.
Se dio la media vuelta, caminando hacia la salida con la cabeza en alto. Víctor no lo podía creer. La siguió un par de pasos, sintiendo que el ego se le desmoronaba en las manos.
—¿Es en serio, Amanda? ¿Me vas a dejar así? —le reclamó, con una mezcla de enojo y desdicha.
Ella se detuvo justo con la mano en el pomo de la puerta. Giró el rostro apenas lo suficiente para mirarlo por encima del hombro, y fue tajante.
—No soy tu juguete, y mucho menos estoy aquí para bajarte la calentura cuando a ti te dé la gana. Y te agradezco que no me sigas.
Abrió la puerta y salió, tirándola tras de sí con solo trancazo.
Apenas se vio sola en el pasillo, el valor le falló por un segundo.
Se apoyó de espaldas contra la pared, cerrando los ojos con fuerza. Tenía las rodillas débiles y el corazón le latía desbocado contra las costillas.
—¿Qué le pasará a Víctor, por Dios? —se susurró a sí misma, llevándose las manos al rostro—. ¿Será posible que se haya dado cuenta de que tengo un amante de verdad y por eso está actuando como un animal deseoso?
La duda la carcomía. Despacio, bajó la mano y se tocó los labios hinchados.
El sabor del beso seguía allí, quemándole la boca, confundiéndole la mente y recordándole de la peor manera posible que el roce de su odiado esposo y el de su adorado Carlos eran muy parecidos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...