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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 133

Días después, el sonido de unos tacones de aguja resonó con fuerza en el elegante vestíbulo de la Corporación Grimaldi.

Melissa caminaba con la barbilla en alto y una seguridad arrolladora.

Había elegido su vestuario con precisión militar: un vestido rojo sangre, peligrosamente ajustado, con un escote que no dejaba casi nada a la imaginación.

En su cabeza, el panorama era perfecto.

Víctor la había mandado a llamar a su oficina privada para arreglar asuntos pendientes.

Para Melissa, eso solo podía significar una cosa: él había caído de nuevo.

Ahora que Alexander había huido y la había dejado sin fondos, ella estaba libre y desesperada, convencida de que su antiguo amante quería un reencuentro pasional lejos de las miradas curiosas.

Ignoró a la secretaria con un gesto despectivo y empujó las pesadas puertas del despacho de Víctor sin siquiera molestarse en tocar.

—Hola, mi amor —ronroneó Melissa, entrando con su mejor sonrisa seductora, dispuesta a recuperar su lugar de poder.

Pero la sonrisa se le congeló de golpe. La mandíbula casi se le cae al suelo de mármol.

El despacho no era el nido de amor secreto que había imaginado.

Víctor estaba sentado detrás de su imponente escritorio, luciendo un traje oscuro impecable y un semblante completamente glacial. Y no estaba solo. A su lado, sentada en una silla giratoria, estaba Amanda.

La esposa de Víctor lucía radiante. Llevaba un vestido elegante que marcaba con orgullo su barriguita de embarazo, ahora mucho más notoria y redonda.

Pero lo que le revolvió el estómago a Melissa fue ver cómo las manos de ambos estaban firmemente entrelazadas sobre la mesa de cristal.

Eran un frente unido, un muro de contención inquebrantable.

Melissa tragó saliva, sintiendo que la sangre le hervía de pura humillación. Intentó disimular el golpe enderezando la postura y alzando la barbilla.

—Veo que trajiste compañía —soltó ella con ironía, cruzándose de brazos para no demostrar lo mucho que le temblaban las manos por el coraje.

—Toma asiento, Melissa. No tenemos tiempo que perder —ordenó Víctor con una frialdad que helaba la sangre. Su voz no tenía ni una sola gota del afecto que ella esperaba encontrar.

Melissa obedeció a regañadientes, dejándose caer en la silla frente al escritorio. Evitó mirar a Amanda, centrando toda su atención en el CEO.

Víctor usó su mano libre para deslizar una gruesa carpeta legal hacia ella.

—Ahí está el documento definitivo para el régimen de visitas de Mattias y el acuerdo de manutención. Léelo y firma.

Melissa abrió la carpeta con un movimiento rápido, confiada en que vería una cifra astronómica para mantener su estilo de vida.

Sus ojos recorrieron las cláusulas velozmente, pero a medida que bajaba por la página, su rostro se fue desfigurando.

—Seguridad. Suban de inmediato a mi despacho.

Melissa abrió los ojos, incrédula y acorralada.

—¿Te atreves a echarme? —jadeó, indignada.

Menos de un minuto después, las pesadas puertas se abrieron de golpe y dos corpulentos guardias de seguridad entraron a la oficina, listos para actuar.

—Acompañen a esta mujer a la salida y asegúrense de que no vuelva a poner un pie en mi empresa —ordenó Víctor implacable.

Uno de los guardias la tomó por el brazo con firmeza.

Melissa forcejeó al instante, perdiendo todo el glamour y el estilo que había preparado para esa mañana, mientras los papeles del acuerdo resbalaban de la mesa y caían al suelo.

—¡Suéltame, imbécil! —gritó ella, intentando zafarse del agarre mientras la arrastraban hacia la puerta de salida—. ¡No voy a firmar esa porquería, Víctor Grimaldi! ¡Escúchame bien!

Víctor volvió a sentarse al lado de Amanda, rodeando los hombros de su esposa con un brazo protector y besando su frente, ignorando por completo el berrinche de la mujer desquiciada.

—¡Te vas a arrepentir de esto, Víctor! —chilló Melissa desde el pasillo, con la voz rota por la desesperación y la rabia—. ¡Mañana mismo me voy a la prensa! ¡Juro que voy a destruir tu imagen de familia perfecta frente a todos los medios! ¡Te voy a hundir!

Las puertas del despacho se cerraron de golpe, cortando los gritos histéricos de Melissa. El silencio volvió a reinar en la oficina, pero la peligrosa amenaza había quedado flotando en el aire.

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