—¿Y qué vas a hacer con tu trabajo? —preguntó Virginia, recordando de repente—. ¿El Grupo Larrinaga te dio unas vacaciones largas?
—No, renuncié.
Incluso si no fuera a irse a Belgrano Norte con Federico, Gloria no tenía la menor intención de seguir trabajando en el Grupo Larrinaga.
Mateo Granados no la toleraba.
—Tiene sentido, Lalo todavía está muy chiquito, no tienes prisa por volver a trabajar. Acabo de transferirte medio millón a tu cuenta bancaria, para tus gastos.
Virginia le dio unas palmaditas en la mano.
—Por favor, no seas tacaña contigo misma. Siempre dijimos que la que tuviera dinero mantendría a la otra sin condiciones. Además, este es dinero de los Mendizábal, es nuestro dinero, no solo mío.
Gloria dudó.
—Pero...
—¿Cuánto valen las acciones de los Mendizábal? Me las transferiste sin pensarlo. Medio millón no es nada. Si no lo aceptas, entonces yo tampoco quiero esas acciones.
Virginia la soltó y se puso de pie con intención de buscar a Federico.
—Le diré a Federico que busque la forma de devolverlas.
—Está bien, lo acepto —dijo Gloria, sabiendo que su amiga era perfectamente capaz de armar un escándalo.
—Así me gusta. —Virginia dio media vuelta y volvió a sentarse—. Te digo, hace unos días, cuando Bruno se perdió, casi me muero del susto...
En la sala.
Raúl estaba sentado en la alfombra, estirando el cuello para mirar hacia afuera.
—¿De dónde sacan tanto tema de conversación esas dos?
Federico levantó la vista un segundo y luego volvió a fijarla en la pantalla.
—Hoy, cuando fuiste a recoger a Virginia, ¿te topaste con el matrimonio Mendizábal?
Raúl negó con la cabeza.
—Fui muy temprano, todavía no se levantaban. Estos dos días no han podido dormir bien por lo de Bruno. Virginia me dijo que casi se acostaron al amanecer.
Luego añadió:
—Si no, no hubiera sido tan fácil sacar a Virginia de ahí.
El rostro de Federico se tensó.
—Cuando la lleves de regreso, mantén un ojo en el matrimonio Mendizábal.


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