Sin darse cuenta, se quedó dormida de nuevo.
Al despertar, el silencio era absoluto, igual que en esas ocasiones en las que Federico ya se había llevado a Lalo.
Pero al girar la cabeza, vio al niño a su lado.
Gloria revisó la hora; pasaban de las diez. Se sentó de golpe, examinó a Lalo de cerca y acercó una mano a su nariz.
Solo cuando sintió su respiración exhaló aliviada.
¿Por qué no se había despertado todavía?
Agarró su celular y le envió un mensaje a la mayordoma para que subiera.
Al poco tiempo, se escucharon pasos y la mayordoma abrió la puerta.
—Gloria, ¿ya despertaste? Te preparé el desayuno, pero como te vi dormida, no quise molestarte.
La mayordoma traía un sándwich y un vaso de leche tibia.
Gloria lo recibió y lo dejó a un lado. —¿A qué hora se durmió Lalo anoche? ¿Por qué sigue durmiendo?
—Como no estabas, se despertó un par de veces. Seguro no durmió bien —respondió la mayordoma, que ya tenía la excusa preparada.
—Me asustó, pensé que se sentía mal.
Ante la más mínima señal extraña en Lalo, Gloria se ponía alerta.
La mayordoma le hizo un gesto. —No te preocupes, come un poco.
Gloria asintió, se levantó para lavarse la cara y volvió a desayunar.
Finalmente, cerca de las once, Lalo despertó estirando sus bracitos, haciendo ruiditos y llorando por su leche.
Mientras le daba el biberón, Gloria observó su carita y notó que tenía los ojos irritados.
—¿Esto es normal? —Gloria llamó rápido a la mayordoma—. ¿Segura que solo durmió mal anoche? ¿Y si está enfermo? ¿Le dolerán los ojos?

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