—¿Apostar qué? —preguntó Gloria con tono sereno.
—Apostemos para ver a quién ama Fede en realidad.
Gloria no pudo evitar soltar una risa cargada de incredulidad. El desdén y la ironía que se asomaban en la curva de sus labios hicieron que el rostro de Irene se tiñera de un rojo intenso al instante.
—Irene, ¿podrías madurar un poco? ¿De qué te sirve apostar si él te ama o no? Ustedes ni siquiera se casaron y él ahora mismo no quiere ni verte.
—Tú...
—Venir a buscarme no tiene el más mínimo sentido —Gloria interrumpió su arrebato de indignación—. Si lo que quieres es recuperar a Federico, no deberías estar perdiendo el tiempo conmigo. Yo jamás he sido un obstáculo entre ustedes dos.
—¡Claro que lo eres! —soltó Irene, con la voz temblorosa de rabia—¡Si no hubiera sido por ti, él jamás habría faltado a la boda! ¡Si se hubiera presentado, su madre no habría cancelado el matrimonio!
Semejante acusación dejó a Gloria momentáneamente sin palabras.
Hasta el día de hoy, ella tampoco comprendía bien por qué Federico había aparecido en el hospital justo en ese momento.
—¡Gloria, tú eres la amante que destruyó nuestra relación! ¡Si tú no existieras, nosotros ya estaríamos casados!
Irene no podía soltar el resentimiento. Solo de pensar en el día de la boda, en los cientos de ojos que la miraban como si fuera un espectáculo, riéndose de ella, burlándose... sentía cada mirada como una bofetada que aún le ardía en las mejillas.
¡Incluso ahora le dolía la cara por la humillación!
—¡Él se niega a verme, ni siquiera me contesta las llamadas, y todo es por tu maldita culpa!
Gloria sostuvo su mirada durante unos segundos, luego tomó su celular de la mesa. —Lo llamaré por ti, para que puedan aclarar las cosas.
La expresión de Irene cambió. Se mordió el labio, clavando los ojos en cada movimiento de Gloria.
El teléfono ni siquiera alcanzó a sonar un tono completo antes de ser contestado.
Esa velocidad de respuesta le recordó a Irene las veces que ella misma llamaba a Federico. Siempre tenía que esperar hasta que la llamada estaba a punto de cortarse sola antes de que él se dignara a responder.
—Ven un momento al salón de banquetes.
Gloria se detuvo. —No me interesa su conversación. Me voy primero.
Sin darle a Irene la oportunidad de decir otra palabra, Gloria salió de la sala. Sus tacones de cinco centímetros apenas hacían ruido al pisar el suelo de mármol.
Las puertas del elevador al final del pasillo se abrieron y lo primero que vio Federico fue a Gloria caminando hacia él a paso firme. Llevaba su saco negro colgado en el brazo, el maletín de trabajo en la mano, y su cabello recogido en una coleta baja, con un mechón suelto que caía sobre su oreja. Desprendía un aura de total formalidad y seriedad.
—Puedes entrar. Alguien te está esperando. —Gloria se detuvo frente al elevador y señaló hacia la puerta de la sala tres cero dos.
Los ojos de Federico se entrecerraron ligeramente. Antes de que ella pudiera entrar, él puso la mano en la pared del elevador, bloqueándole el paso.
—¿A dónde vas?
—Me voy a casa —respondió Gloria.
—Espérame, nos iremos juntos.
—No, gracias. —Gloria apartó su brazo, entró al elevador y presionó el botón de cerrar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA