—Me vale madre de quién sea —replicó Jaime—. Gloria la rentó para mí y de aquí no me muevo.
Dicho esto, se puso de pie y caminó hacia la recámara de la derecha, la que daba hacia el sur.
—Yo duermo en esta.
Entró al cuarto, cerró la puerta de un portazo y le puso seguro.
—¡Esta es mi casa, ya te dije que no te puedes quedar!
Paulina corrió tras él y golpeó la puerta un par de veces.
Jaime se hizo el sordo desde adentro.
Paulina bufó. Tendría que aguantarse esa noche, ¡pero al día siguiente buscaría la forma de correr a Jaime a como diera lugar!
***
Al atardecer, empezó a soplar el viento.
Margarita estaba colgando los pañales de tela y la ropita de Lalo en la sala, estirando cada prenda con cuidado.
Gloria dio una vuelta por el lugar sin notar nada fuera de lo común. Se sentó en el sillón con Lalo en brazos.
—Margarita, ¿vino alguien a la casa hoy?
—¿Eh? —Margarita se congeló por un segundo antes de responder a toda prisa—. No, señora. ¿Por qué la pregunta?
Gloria negó con la cabeza; tal vez estaba exagerando.
Ese cabello seguro era de Margarita o del ama de llaves, y por casualidad era rizado. Solo eso.
—Gloria, ¿qué se le antoja cenar hoy? Voy a ir preparando todo —intervino el ama de llaves, acercándose de inmediato para cambiar de tema al escuchar la conversación.
—Lo que sea, no soy especial.
Gloria le dedicó una sonrisa y tiró el cabello al bote de basura.
Al ver ese gesto, Margarita sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La última vez que Alicia y Paulina se fueron, revisó a Lalo de pies a cabeza. Incluso le puso un poco de repelente para mosquitos, por si quedaba algún rastro del perfume de Alicia.
Pero como ese día Gloria había llegado de imprevisto, no le dio tiempo de revisarlo y se le fue ese detalle.
—Señora, déjeme al niño para que descanse un rato.
Margarita terminó de colgar la ropa y se acercó para recibir a Lalo.
Ya ni modo, tendría que ir ella misma al día siguiente.
Unos pasos resonaron en el pasillo. Dejó el celular y levantó la vista.
Federico abrió la puerta y entró caminando a paso ligero.
—¿Por qué sigues despierta?
Traía en las manos una cobija delgada de color gris oscuro, lo que indicaba que pensaba dormir ahí.
Dormir en la misma habitación se había convertido en una especie de «costumbre» silenciosa entre ellos.
La mayoría de las veces, Federico entraba cuando ella ya estaba dormida.
Por las mañanas, al despertar, Gloria notaba que Lalo ya no estaba en la cama y veía la cobija gris, y así sabía que él había pasado la noche ahí.
—Ya me voy a dormir —respondió ella, recostándose y acomodando a Lalo más cerca de sí—.
—Lalo ya tiene bien su horario de sueño, así que... ya no es necesario que vengas a dormir aquí.
Federico hizo una pausa mientras acomodaba su almohada.
—Ah, mira. Eres experta en usar a la gente y luego desecharla.

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