—¿Y esto?
Gloria la miró con intriga. Parecía una medallita o pulserita de oro para bebé.
Estaba completamente nueva; incluso conservaba la etiqueta sujeta con un cordoncillo.
—¿Qué es?
Federico se la quitó de las manos y la observó unos segundos.
—La compré yo —mintió sin inmutarse.
—¿Tú la compraste? ¿Y qué hacía metida en el sillón? —preguntó Gloria.
Federico colgó la pieza de oro en el manubrio de la carriola.
—Se la fui a poner a Lalo hace unos días, pero se me cayó y no la encontraba.
¿O sea que la había comprado para Lalo?
—Es demasiado caro —Gloria la descolgó y se la devolvió a Federico—. Lalo no puede aceptar esto.
Federico se recargó en el sillón y la miró de reojo.
—Se la compré a Lalo.
—Soy su madre, yo decido por él —replicó Gloria.
—Bajo esa lógica, legalmente yo soy su padre, así que también puedo decidir.
Federico enganchó el objeto de oro con un dedo, se lo quitó de la mano, jaló la carriola y se lo puso directamente al bebé.
Gloria quiso detenerlo, pero le dio miedo lastimar al niño si forcejeaban.
Bueno, ya se lo quitaría más al rato para devolvérselo.
Al ver que ella no insistía en regresarlo, Federico se mostró satisfecho.
—Ya le toca cambio de pañal, sube por uno.
Acostumbrada a dar las órdenes, Gloria tardó unos segundos en procesar que él le estuviera mandando.
Subió, bajó con un par de pañales y cambió a Lalo.
Aprovechando el cambio, le quitó la medallita de oro y la dejó sobre la mesa.
En ese momento, Federico estaba moliendo café en la isla de la cocina. Notó lo que hizo y su expresión se volvió sombría, pero no dijo nada.
Cayendo la tarde, Gloria recibió una videollamada de Virginia Reinoso.
—Sale, aquí los veo.
Gloria colgó el celular y le dijo a Federico:
—Si me mudara, no te estaría dando tantas molestias.
Federico se remangó la camisa y caminó hacia ella.
—¿Tu punto es irte o darme molestias?
—Las dos cosas —respondió Gloria, viéndolo tomar la carriola de Lalo—. ¿A dónde vas?
—Diles a Margarita y a la ama de llaves que descansen hoy. Tú ve a picar algo de fruta, yo me quedo con Lalo.
—De acuerdo —asintió Gloria.
La ama de llaves y Margarita dejaron lista una bandeja de fruta y algunas botanas antes de irse.
Apenas iban saliendo cuando Virginia y Raúl llegaron.
Bruno no era para nada tímido; era su primera vez ahí y ya andaba corriendo por todo el jardín.
Raúl iba detrás de él persiguiéndolo, mientras Federico estaba sentado en una silla de mimbre con Lalo en brazos, viendo cómo Raúl iba de un lado a otro detrás de Bruno, sin poder alcanzarlo.

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