Una hora después, en el Grupo Larrinaga.
—Señora Loyola, el señor Granados pidió que, en cuanto llegara, fuera a la sala de juntas para una reunión.
Amelia Santillán, la joven secretaria que Gloria Loyola había elegido personalmente, se acercó con varios documentos en los brazos.
—Estos son los archivos importantes del nuevo proyecto, necesita revisarlos.
Gloria le entregó su bolsa a Amelia.
—Hazme el favor de dejar mi bolsa y los documentos en mi oficina. Los revisaré cuando regrese de la junta.
Amelia tomó la bolsa y se la colgó al hombro.
—Muy bien, ¿necesita que la acompañe a la reunión?
—Espérame en la puerta de la sala de juntas. Si necesito algo, te hablo.
Tras darle las instrucciones, Gloria caminó a paso rápido hacia la sala de juntas.
La reunión de hoy había sido programada de imprevisto; de camino a la empresa, recibió un mensaje de Jaime Granados.
El tema principal era discutir la necesidad de cooperar en el proyecto del sureste.
Eso significaba que la alianza entre el Grupo Larrinaga y el Grupo Mendizábal solo había sido un acuerdo de palabra, pero aún no se había firmado nada.
Era evidente que Jaime había hablado con Mateo Granados el día anterior.
En la sala de juntas, además de Gloria y Jaime, estaban los directores de otros departamentos.
En una de las pantallas ya estaban conectados con las oficinas centrales en Belgrano Norte; aparte de Mateo, la sala virtual estaba llena de miembros del consejo directivo.
Gloria se sorprendió un poco.
Lógicamente, al acabar de entrar a la empresa, no debería estar participando en una junta directiva de tan alto nivel.
—Bueno, ya estamos todos, vamos a empezar —dijo Jaime, recargándose en la silla mientras hacía girar una pluma entre sus dedos, tomando la iniciativa.
—Cuida tus palabras —lo interrumpió Mateo—. Te dejé participar para que intentaras convencernos de no aliarnos con el Grupo Mendizábal, ¡no para que vinieras a darnos órdenes!
Jaime chasqueó la lengua y esbozó una sonrisa.
—Señores, no me lo tomen a mal. La familia Granados es la accionista mayoritaria del Grupo Larrinaga, jamás haría algo que perjudicara a la empresa. No quiero dañar al corporativo; la ética de los Mendizábal de verdad deja mucho que desear.
—La calidad moral de los Mendizábal no es algo que nos incumba. ¡Podrán robarle a otros, pero ni de chiste se atreverían a jugarnos chueco a nosotros!
La voz que salió de la videollamada claramente sonaba mucho más molesta que antes.
—A mí me daría vergüenza asociarme con gente así —insistió Jaime sin ceder ni un milímetro—. No apruebo esta alianza y no voy a firmar ese contrato.
Arrojó el documento sobre la mesa. Tras el golpe seco del papel contra la madera, la reunión se estancó.
Varios directivos se miraron entre sí, incapaces de encontrar algo que decir para aligerar el ambiente.
—Entonces dejemos que la señora Loyola, que acaba de asumir su cargo, nos dé su opinión sobre si vale la pena o no asociarnos con los Mendizábal —habló Mateo de pronto, nombrando directamente a Gloria.

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