Alicia se mostró incómoda por un instante, pero enseguida recuperó la compostura.
—Solo lo he visto un par de veces, y a escondidas, como si fuera una ladrona. Además...
—Si no le compraste nada, nomás dilo. Para qué tantas excusas —la interrumpió Paulina.
Y guardó su regalo, casi como si temiera que Alicia se lo fuera a arrebatar.
—¡¿Y tú de dónde sacaste tanto dinero para comprar eso?! —contraatacó Alicia de inmediato—. ¿Le volviste a pedir a tus abuelos?
—¡Claro que no!
Desde niña, Paulina había sido de manos sueltas con el dinero. Al llegar a la mayoría de edad, Alicia había decidido controlar estrictamente sus gastos, dándole una mensualidad fija sin un peso más.
—Puro ahorro mío.
El suelducho que ganaba trabajando en Holding Rivadeneira no le alcanzaba ni para los chicles.
Aparte de su mensualidad, había estado juntando el dinero que le daban en Navidad o en sus cumpleaños.
Alicia lo pensó por un momento.
—Como acabas de llegar, vamos a salir un rato para comprarte lo que necesites.
—Entonces invítame a comer. Sé de un restaurante en Río Alicante que tiene unos cortes de carne buenísimos.
Paulina aprovechó el momento para pedirle de una vez que la invitara.
Alicia aceptó sin dudar. Subió a cambiarse y luego salieron juntas.
Cuando regresaron a la casa, después de comer y dar un paseo, Paulina venía con cara de pocos amigos.
—Con razón te pusiste tan espléndida invitándome a comer... Resulta que todo era para irle a comprar un regalo a tu nieto.
Alicia, sosteniendo una caja con la joya, sonrió con orgullo.
—¿Acaso me iba a dejar ganar por su tía?
Paulina estaba que echaba chispas. Ella se había matado ahorrando un millón de pesos, y se había gastado más de novecientos mil en su regalo.
Pero Alicia tenía dinero de sobra y compró un regalo que costaba varias veces más que el suyo, dejándola completamente opacada.
—¿Y tú para qué le compras nada? Cuando mi hermano y Gloria se casaron, ni siquiera la tolerabas. ¿Tú crees que a su hijo le va a importar tu regalo?
—Y hasta la fecha no la tolero.
Al mencionar a Gloria, la expresión de Alicia se endureció.
—Le doy a tu hermano hasta fin de año. Si para entonces no arregla esta situación, iré yo misma a hablar con Gloria. Si ella no quiere volver a relacionarse con la familia Córdoba, allá ella, pero ese niño también es de esta familia y no pienso quedarme de brazos cruzados.
Pablo asintió.
—Entendido. Por otro lado, Santiago Muñoz acaba de presentar una carta de recomendación. Dice que Tomás Mendizábal es el candidato ideal para ocupar la gerencia del departamento de proyectos.
—¿Cuánto tiempo lleva Tomás trabajando en Holding Rivadeneira? —preguntó Federico.
Pablo hizo cuentas.
—Apenas medio mes.
Federico le lanzó una mirada penetrante.
Quince días, aún sin un contrato definitivo... ¿y ya lo querían hacer gerente del departamento de proyectos? ¡Qué estupidez!
—Yo lo rechacé de inmediato, claro, pero tenía que informárselo.
Pablo se apresuró a explicar:
—Lo que pasa es que Tomás se involucró en el nuevo proyecto de la empresa y jugó un papel importante. Santiago asegura que en todo el departamento no hay nadie más capacitado para asumir el puesto.
Federico se quedó pensativo un instante antes de decir:
—Entonces ve y pregúntale a Tomás. Ser gerente de proyectos implica asistir a comidas y eventos. Averigua si no tiene miedo de que los Mendizábal se enteren de que ya encontró trabajo.

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