Virginia se lo recalcó una y otra vez.
—Lo haré —respondió Gloria.
Al colgar, a Virginia se le apachurró el corazón de tanta lástima que sentía por ella. Tras darle muchas vueltas al asunto, Virginia decidió marcarle a Federico.
Él contestó casi enseguida, y de fondo se alcanzaban a escuchar los balbuceos de Lalo.
—Federico, ¿sabías que Gloria ya va a entrar a trabajar a Grupo Larrinaga?
—Sí, ya sé —respondió él con un tono frío.
—¿Y no la vas a detener? ¿O acaso le hiciste algo? —reclamó Virginia.
Federico levantó la vista hacia el segundo piso.
—No hay forma de detenerla. Y yo no le he hecho nada; más bien, ella es la que me hizo algo a mí.
—¡A mí no me salgas con esas cosas! El chiste es que si ella se va a trabajar, tú tienes que cuidar bien de Lalo, ¡y también de ella! —exigió Virginia, aunque su voz sonaba un poco insegura.
—No necesitas decírmelo, yo me encargaré de cuidarlos a los dos.
—Espera... —Virginia perdió la paciencia—. ¿Qué es exactamente lo que traes entre manos? ¿Acaso solo te interesa quedarte con la custodia de Lalo?
—Quiero a los dos.
A Virginia se le hizo un nudo en la garganta.
Del otro lado, Federico no añadió nada más y, tras un par de segundos de silencio, cortó la llamada.
Virginia soltó un bufido, se le quedó viendo a la pantalla de su celular un momento y enseguida le marcó a Raúl.
—Raúl, a ver, ayúdame a analizar esto. ¿Qué quiso decir Federico?
Le repitió exactamente la plática que acababa de tener con él.
—Pues quiso decir que se quiere quedar con Gloria y con Lalo —explicó Raúl.
—¡Qué bárbaro, cómo te gusta aprovecharte! Desde que aceptaste hacerte pasar por el papá de Bruno, me has sacado un montón de favores directa e indirectamente. ¿Qué es lo que quieres?
—Ya veremos cuando se arregle el desmadre con los Mendizábal —respondió Raúl con toda la calma del mundo.
—Bueno, ya, está bien. Pero te lo advierto desde ahorita: nada de cosas ilegales, yo también tengo mis principios —aclaró Virginia para no dejar dudas.
Al colgar, Raúl sonrió con malicia. De inmediato le mandó un mensaje a Federico para invitarlo a tomar unos tragos.
Casualmente, al día siguiente era el regreso oficial de Gloria a la oficina. Entre sus preparativos de esos días y su horario de oficina que empezaba al día siguiente, Margarita y la ama de llaves tendrían que encargarse de Lalo casi todo el tiempo.
Aprovechó la tarde para ir a comprar un par de trajes formales y trajo algo de despensa; su plan era preparar la cena esa noche.
Mientras andaba apurada en la cocina, Federico bajó las escaleras, agarró sus llaves de la entrada y se fue sin decir nada.
Para cuando terminó de cocinar cuatro guisados y una sopa y sirvió todo en la mesa, Margarita se le acercó y le dijo:
—Señora, el señor tuvo que salir y me avisó que no iba a cenar aquí. ¿No le comentó que usted iba a cocinar hoy?

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